La primera ‘Nosferatu’ data de 1922 y se convirtió en un clásico instantáneo. Hoy, más de 100 años después, sigue siendo considerada como una de las mejores películas de terror de todos los tiempos y, por eso, la apuesta de Robert Eggers era arriesgada; sin embargo, sale victorioso honrando un mito y sublimando el género.
Las tres películas anteriores
de Robert Eggers dejaban claro que su sello es la grandilocuencia en
la filmación. Tras dos pruebas muy bien logradas, como ‘la Bruja’ y ‘El Faro’,
el director neoyorkino alcanza la cumbre con ‘Nosferatu’. La película reconstruye
con enorme precisión y buen gusto, la sombría Alemania del siglo XIX, utilizando
decorados, localizaciones y vestuario
con enorme elegancia y gusto casi teatral. Todo este equilibrio ofrece un film
auténtico, envolvente, onírico, con muy buen ritmo, aunque dure cuarenta
minutos más que la original.
En la previa de la película,
supimos que el film de 1922 tenía obsesionado a Eggers desde su niñez, y en el
tratamiento de la historia y los giros de guion, notamos que el director llegó
a comprender todos los momentos en los que tenía que dar más peso dramático para
enfatizar aspectos de la historia y del mito del vampiro; como este mito es
legendario, Eggers sabía que debía mostrar respeto y de ahí la gigantesca
producción, para que el plano a plano ofreciera modernidad pero respetando el
aura de la película original, aspecto que la ha hecho indeleble al paso del
tiempo.
Esta 'Nosferatu' es el ejemplo
de lo que debe ser un remake, lo cual es un éxito pues sabemos que es difícil versionar
una historia que se ha contado con anterioridad y que tiene precedentes
muy logrados dentro del género del terror/vampirismo; pero en 'Nosferatu' se
nota confianza, se nota camino recorrido y ganado por el director. La película es
un ir y venir de fascinación, de momentos grandiosos amplificados por el
claro/oscuro y por un tratamiento musical operático, de creación de atmósferas
terroríficas. Hay puntos muy altos en estos apartados.
La película triunfa gracias a todo lo señalado: dirección, intensidad, ritmo, decorados, actuaciones, pero hay un gran punto culmine: la fotografía de Jarin Blaschke. El director de foto es fiel colaborador de Eggers y firma un prodigio estético repleto de claroscuros, precisos movimientos de cámara, velas, antorchas para iluminar escenas nocturnas, crear atmósferas densas, con grandes lunas plateadas.. así, ‘Nosferatu' también es un triunfo en el apartado visual y la escena final es un horror lleno de elegancia y fidelidad a la historia y que se nos quedará grabada por mucho tiempo.
En definitiva, ‘Nosferatu’ es una
gran reinvención y toda la tecnología puesta al servicio del film termina
jugando a su favor. Hemos sido transportados al siglo XIX frío y lúgubre y hemos
vivenciado la leyenda del vampiro que lleva más de 100 años siendo contada. La propuesta
de Robert Eggers toca todas las aristas folclóricas del Este de Europa
respetándolas y otorgándoles un barniz de modernidad con actuaciones entregadas
y dolorosas, como la de Lily Rose Deep que, contra todo pronóstico, ha dado la nota
alta con su primer protagónico y le regala más credibilidad a esta nueva joya,
narrada con amor y mucha personalidad.