Cuando Pet Shop Boys lanzó Please en
1986, el synth-pop ya dominaba las listas británicas. Pero lo que hizo el dúo conformado
por Neil Tennant y Chris Lowe no fue simplemente sumarse a la tendencia, sino
que la refinó, la volvió irónica y la dotó de una inteligencia poco habitual en
la pista de baile.
Desde los primeros compases, el disco respira una elegancia
urbana muy particular. Las cajas de ritmo programadas, los sintetizadores de
líneas limpias y los bajos secuenciados construyeron un paisaje sonoro
minimalista y sin exceso: el bisturí parecía modelar esta nueva estética. La
producción de Stephen Hague termina por sellar un acabado brillante y
cosmopolita que convirtió al álbum en sinónimo de sofisticación pop en plena
era de hombreras y reverberaciones.
Tras 4 décadas y muchos análisis, la voz de Neil Tennant fue
un aporte revelador para ese tiempo: fue más narrador que frontman, más
cronista que divo. Esa interpretación contenida le dio al dúo una identidad inconfundible.
En un momento en que muchos apostaban por la intensidad dramática, Pet Shop
Boys eligió la observación aguda, la ironía y un dejo de melancolía. Esa combinación volvió
a Please un disco ganador.
El gran estruendo que los puso en el mapa fue “West End Girls”, una canción que
logró algo poco frecuente: convertir un comentario sobre tensiones sociales y
aspiraciones urbanas en un hit global de discoteque. Allí está otra de las
claves de Please: hacer que la reflexión fuera bailable. No era solo
música para generar diversión y movimiento; era música para pensar en pleno
movimiento.
En perspectiva, Please no solo marcó el inicio de una
de las carreras más sólidas del pop británico, sino que ayudó a redefinir el
pop electrónico. Demostró que el hedonismo y la crítica social no eran
excluyentes y que la pista de baile era un excelente espacio de observación
cultural.
En medio de la exuberancia ochentera, Pet Shop Boys apostó
por la sutileza. Y esa sutileza terminó siendo revolucionaria.
Chloé Zhao adapta la novela de Maggie O’Farrell con una
delicadeza anclada a una feroz Jessie Buckley, la que sostiene el relato desde
Agnes y convierte su duelo en un umbral entre vida, muerte y teatro.
Esta historia no va de Shakespeare ni del niño. Va de
Agnes. Y Chloé Zaho tiene la inteligencia de filmarla como
un personaje que lo contiene todo: amor, rabia, superstición, cuerpo, dolor.
El libro Hamnet, de Maggie O’Farrell, toma un
dato ínfimo dentro de una biografía gigante y ultra estudiada, como la de Shakespeare,
y que es la muerte de su hijo Hamnet, y lo convierte en un universo completo, una
historia no contada, pero muy doméstica y cruel.
Adaptar eso al cine puede salir muy bien o super mal. Muy
bien si se focaliza desde lo esencial (amor, enfermedad, duelo, Londres,
Stratford) y muy mal por la inmensa cantidad de estudiosos que se irían en
picada contra esta injusta dialéctica entre libro y película. ¿Cómo lo
resolvió Zhao? No centrándose en Shakeaspeare, ni siquiera en Hamnet. Lo resolvió focalizándose en Agnes.De esta forma, la directora logra algo
que muy pocos consiguen: que la película
sea sensorial, que los objetos sean importantes, que el viento atravesando las
ramas sean importantes, que el silencio de la casa sea importante, que los
cuerpos sean importantes. Y aquí su apuesta fue Jessie Buckley. Su interpretación
de Agnes es la película entera.
El arco emocional que sostiene la actriz tiene una potencia brutal,
contundente. Su voz grave se mezcla con el bosque, del cual hizo su hogar, casi
como un animal mitológico, como una criatura que pertenece más a lo pagano. Chloé
Zhao filma ese bosque como un útero, como un refugio anterior al mundo; Agnes siempre
vuelve allí buscando esa sabiduría en las plantas, en la lluvia, en su halcón,
en las abejas. De hecho, uno de los aciertos del film es el “agujero” del
bosque. Ese espacio al que Agnes vuelve una y otra vez y que funciona como
una herida abierta que separa la vida y la muerte, y que luego será también el
umbral entre ficción y realidad ya dentro del teatro.
Una película de detalles pensados y logrados
Por su parte, Paul Mescal es un Shakespeare
aspiracional, recién iniciando su largo camino a la inmortalidad literaria; es humano
y no genio, es joven y no legendario. En la película se muestra como alguien
que se aleja, que se desplaza (geográfica y emocionalmente) y esa lejanía se
vuelve parte del relato y Mescal actúa afirmado sobre esa culpa.
Otro detalle importantísimo y que está muy bien logrado, es
el casting que completan los niños actores del film. Para la directora
era fundamental que los hijos del matrimonioexistieran en pantalla, que
no fueran una simple ternura decorativa. Zhao acierta con Jacobi Jupe (como
Hamnet) y con Olivia Lynes (como Judith); ambos hacen que el vínculo entre los
gemelos no sea solo narrativo, sino físico. Los gestos entre ellos, la manera
de tocarse, de protegerse, construyen una intimidad rara en el cine y
transmiten la energía de ser una sola alma. En “Hamnet”, el casting no fue una
cuestión de “buscar caras”, sino de pensar símbolos. Por otro lado, y al mejor
estilo de Chloé Zaho, la Inglaterra de Shakespeare está filmada con
romanticismo, no como un decorado histórico, sino comouna promesa para
Will, en cuanto a que solo allí está su futuro. Filmada mucho en exteriores,
añadir el The Globe (la idea del teatro como frontera entre mundos) le da aún
más encanto a la recta final de la película. Y así como el escenario de exteriores
es relevante, también hay una decisión arriesgada de la directora en cuanto a
no crear una música original y rescatar piezas utilizadas en otros filmes y que
generaran una recordación en el público; es el caso de “On the Nature of
Daylight”, de Max Richter, una pieza bellísima y muy fácil de
asociar pues ya se usó en “Arrival” y “Shutter Island”, en momentos claves de
esas recordadas películas.
Finalmente,” Hamnet” es una suma de delicados detalles
engranados en torno al duelo y a una mujer. Si Chloé Zhao logra el Oscar a
Mejor Dirección, no será por justicia poética sino por precisión emocional. Y
por haber entendido que esta historia, pese a Shakespeare, no es de él sino de
ella.
La tercera entrega del universo Knives Out parte
de un asesinato cometido durante una ceremonia religiosa y construye, a partir
de allí, un relato que combina intriga, sátira moral y un conocimiento de las
reglas del género; todo adornado en la presencia y espíritu de un sacerdote
inolvidable.
Rian Johnson regresa de la mano de la aventura más
entretenida de la saga. Esta vez la historia se centra en la fe, el poder y un
sacerdote interpretado de manera brillante por Josh O’Connor. Los puñales regresan pero
el escenario cambia por completo: no hay mansiones ni millonarios, pero sí un
pueblito donde el trabajo en torno a la fe fortalece la figura del monseñor del
lugar., quien ha pasado décadas convirtiendo una iglesia en un espacio cargada de secretos, con un humor tenso que
pareciera estar listo para estallar en cualquier momento.
Este capítulo energiza aún más la saga. Lo policial se
mezcla con algo más siniestro, mientras que lo espiritual gana terreno y la película avanza
hacia un costado casi místico, algo que las anteriores versiones no habían
tocado, pues el crimen está atravesado por la culpa y la devoción.
Daniel Craig sigue convenciendo como Benoit Blanc. Pero lo realmente
interesante es cómo Johnson le quita luz y se la da a O’Connor. Su sacerdote ilumina,
es el alma de la película mostrando aristas frágiles, ingenuas, humanas.
Sostiene el misterio con humor, culpa y esa melancolía que tan bien maneja el
actor y que ya hemos apreciado en otras obras, como en La Quimera .Por
otro lado, la pareja protagonista es acompañada por un coro rutilante que funciona
como una galería de contradicciones: Josh Brolin impone como el sacerdote autoritario
y casi mesiánico; Glenn Close es un deleite como la mujer que guarda ese
secreto que hace explotar la trama; Andrew Scott satiriza al escritor venido a
menos, y Kerry Washington, Cailee Spaeny, Thomas Haden Church y Jeremy Renner
completan un entramado de ambiciones y resentimientos.
La mezcla de géneros es otro acierto, pues se enlazan mostrando una mirada de la fe como un
territorio ambiguo, que puede salvar y, también, destruir. Como sucedía con las
mansiones en las películas anteriores, la iglesia funciona como un personaje
más que encierra y aterroriza.
Johnson aprovecha todos estos elementos para cargar el
relato de simbolismo religioso, sin convertirlo en sermón. La fe se ofrece como
estructura de poder, refugio y excusa, pero nunca como certeza. Estamos ante
una cinta de detectives en la que todo se pone en duda. La saga Knives
Out puede seguir creciendo si se mantiene fiel al respeto por la
inteligencia del espectador y por un sólido conocimiento del juego narrativo
La Temporada 1 de Stranger Things se estrenó el 15 de julio
de 2016. Mucha agua ha pasado bajo un puente que se llenó de hype tras esos
primeros 8 episodios, con una historia que enganchaba por la nostalgia a los
años’80 y que en un millón de detalles parecía un homenaje a los
Cazafantasmas. Si se hubiera quedado en eso, el sabor de boca sería más dulce,
pero el mundo ha cambiado demasiado, Netflix fue explorando otros formatos
dentro de la ciencia ficción y los más de 1.000 días que pasaron entre la
temporada 4 y esta, hicieron venirse encima las incisivas críticas a los primeros capítulos. Más aún, Netflix partió la temporada final en 3 volúmenes solo para mantenernos enganchados a la plataforma.
Con tanto tiempo de producción, éramos muchos los que
esperábamos una temporada final a la altura de una serie que ha marcado este
cuarto de siglo y que nos dejó, en temporadas pasadas, la impresión de el objetivo era enfrentar a un asesino de dimensiones colosales y que nos estaban preparando para ese momento. Sin embargo, aquella propuesta original y cautivadora,
con mucho cine ochentero y de referencias al terror tipo Stephen King, se planteaba a su final 10 años después de su inicio y con una industria seriéfila masificada y acostumbrada a derribar los desenlaces del streaming.
¿Qué fallas hubo?.
Uno de los aspectos más flojos de esta season finale fue la dispersión del argumento; de pronto, las subtramas sobrecargaron
la historia y se dificultó el desarrollo de los personajes principales. Eleven (Millie Bobby Brown) se volvió rostro de la serie e incluso de Netflix, pero llegó a este cierre sin una evolución notable y los nuevos personajes introducidos, no conectaron
con la audiencia. En los primeros capítulos hubo exceso de guiños al pasado e incluso ¡el secuestro de otra niña por el demogorgon!...dejaban una sensación de poca innovación.
También hay que agregar a esta mala percepción, la duración
de los capítulos; se hicieron muy tediosos y los 6 primeros carecían de espíritu. A pesar de que
los personajes eran los mismos que siempre nos cautivaron, ahora se les veía estancados, teniendo diálogos absurdos y colmando nuestra paciencia. Y también hay que repudiar la demasiada improvisación del guion; por ejemplo, en el origen de Henry como ayudante del mindflayer y la historia de ese maletín y la piedra mágica que, aparentemente, dio origen a todo. Introducirlo así sin más, no deja buena impresión y son ridículas las explicaciones que dicen que fue así porque los niños contaban la historia y la podían alterar narrativamente. Por favor.
Por otro lado, la excelente banda sonora, que tan bien congeniaba en los inicios de la serie, desapareció. Las escenas fueron contemplativas, mientras que las
emotivas solo asomaron al final y para compensar. Todo fue acción, acción y acción, sin una línea
argumentativa clara y demasiados cabos sueltos. Además, muchos creímos que en
este universo de demogorgon y monstruos terribles, algún humano tenía que morir;
los Duffer no han mostrado la valentía de matar a sus protagonistas y han sido benevolentes con Netflix.
Que la principal discusión sea que Eleven no murió porque no existió es a lo menos, desconcertante.
¿Eleven existió?.
La verdad, habría que ver toda la serie de nuevo para intentar entender que todo fue la imaginación de Mike y que a eso se deben las irregularidades del guion y que nadie haya muerto. Que al final esta serie ha sido de niños que crecieron y que se convirtieron en jóvenes que debían dejar de jugar…demasiado simple para Los Duffer, pero esa es la conclusión que muchos abrazan. La propuesta inicial nos presentó a Eleven como la heroína de toda esta historia (la de Mike!) y cuyo propósito final en la vida era destruir a quienes le causaron tanto dolor.
¿Por qué lloran al final los amigos?. Acaso los últimos 30 minutos del capítulo final ¿son los únicos 100% reales de toda esta historia?, al parecer si, pues Eleven no es mencionada en ninguna conversación y nadie parece tener recuerdo de ella. Un monumento a las victimas de un terremoto nos es presentado como excusa para que entendamos que nunca hubo un upside down, ni demogorgons ni ninguna criatura batalló al final; por eso Vecna cayó tumbado por 7 jóvenes que le tiraron armas construidas en el patio de la casa, por eso no hubo ninguna muerte destacable, por eso parece un final tibio y del clásico "todo fue un sueño" de Alicia en el país de las maravillas. De hecho, Alicia aparece como póster en una escena y Holly está todo el tiempo vestida de Alicia.
Entonces, Eleven muere en la narración fantástica, pero en el fondo Mike cuenta el final alternativo que tenían los escritores para ella, donde escapaba a ese paisaje con tres cascadas.
Y fueron Steve, Nancy, Robin y Jonathan, los que tuvieron la mejor escena de toda esta temporada. Completamente reales y sin estar enterados, aparentemente, de que fueron protagonistas de una matanza a un ser intersensorial, capturaron perfectamente lo que se siente crecer y quemar la etapa de la adolescencia y pasar a la adultez; cada uno de ellos enfrentado la decisión de qué hacer y dónde ir a trabajar, mientras se deja atrás el lugar donde creciste y a los amigos que te vieron crecer. Es una escena muy cliché pero que siempre funciona, pero los actores transmitían una pena real y fue una escena muy bien lograda.
Si la última media hora es la clave para entender todo Stranger Things, esto no fue más que 5 amigos jugando a contar historias en un juego de rol. ¿Qué pasó con la doctora Kay?, ¿Por qué los militares se olvidan del daño causado?, ¿Por qué era tan importante el 6 de noviembre?, ¿Quién era el tipo del maletín?, ¿De dónde salió esa piedra que da inicio a toda la trama?...sin duda que el recorte de metraje debe haber sido kilométrico para haber dejado tantos cabos sueltos porque si.
El cierre de Stranger Things seguramente va a ser mejor apreciado con el tiempo, porque en este momento da la sensación de haber sido exprimida hasta su última gota de jugo y que al final se trató de compensar con el mensaje triste de dejar la niñez atrás. Comparto que esta historia empezó y terminó con ellos juntos y pasando la posta de esta aventura de jugar juegos de rol a la siguiente generación (Holly y sus amigos). El final aún no convence y dista mucho de ser perfecto (todo lo relacionado a Vecna y los militares deja mucho que desear), pero si esta fue una serie de 5 personajes, el cierre es perfecto para ellos, con mucho corazón y cerrando muy bien sus arcos de niños/adolescentes.
El gran tema de la segunda temporada de 'Severance' fue la relación que mantenemos con nuestro propio legado, con aquello que nos
hará trascender. Pasaron tres años desde la agitada primera tanda de episodios,
pero valió la pena esperar, puesta esta segunda emisión heredó con dignidad una
trama intrincada y llena de crítica social, pero ahora amplía
el abanico de historias creando giros filosóficos de guion, contados con gran inteligencia.
Muchas series han intentado aproximarse al tema de la lucha
de clases y el anticapitalismo, desde el punto de vista estadounidense. 'Severance' también
entró en ese núcleo y de hecho su creador, Dan Erickson, levantaba un
juicio alrededor del concepto de trabajo asalariado exponiendo la forma en la
que 'vender' nuestro tiempo a una compañía acababa por afectar nuestra
propia identidad.
La segunda temporada, sin embargo, rompió con ese tema. En
el largo tiempo que separó ambas temporadas, 'Severance' se desprendió
de la crítica social y abrazó las preocupaciones individuales, siendo el
desarrollo de sus personajes tras la pequeña rebelión de los dentris, uno de
los puntos fuertes del guion. Tras la rebelión hubo una necesidad de cambiar la cultura de
la empresa: nuestros cuatro protagonistas son la cara de la reforma de
separación.
La primera tanda de episodios exploró el concepto de la
identidad, para plantear nuevos arcos narrativos en esta segunda sesión. El
foco estuvo en resaltar que los 'innies', los trabajadores de Lumon, también son personas con intereses propios que pueden ser opuestos a los de sus
contrapartidas 'outies', que viven en el
mundo real. Y aunque sus vidas están condensadas en las oficinas de Lumon,
ellos quieren ser felices al igual que
sus contrapartidas 'outies'. La conversación de los dos Marks del último episodio
es uno de los ejercicios televisivos más brillantes del último tiempo, así como
también lo es la carta que el Dylan outie le escribe a su innie y en la cual lo
manda al diablo y lo insta a no renunciar al trabajo y quedarse en Lumon. El
análisis extendido que hace la serie de los cuatro protagonistas fue
sensacional.
Otro punto interesante fue conocer más de Helly y cómo los
intereses de su outie no están alineados con los suyos. La relación de Helly y
Marc estuvo repleta de momentos emocionantes y las revelaciones que fuimos
conociendo resaltan la idea que los innies son personas y no puedes
desconectarles como si nada. Las historias de Dylan e Irving también mostraron que en el mundo real los
finales felices no son tan posibles. También hubo mucha filosofía en la serie a través del mito de la caverna de Platón, con unos innies
cuya realidad entera se condensa en las cuatro paredes de Lumon, no conociendo
otra realidad más que esa.
El guion expande el mundo de Lumon y refuerza ese sentido de que como cultura de empresa son prácticamente una secta, una
religión donde hay que confiar en los dictámenes del Supremo Kier, de lo cual descubriremos mucho más en la siguiente sesión. Y punto aparte esa escena llena de terror
pero brillantemente ejecutada por Gwendolyn Christie, cuando logra salvar al
ternerito del sacrificio.
Todos estos contrapuntos se apoyan en el buen hacer de Ben Stiller, que coquetea con Lynch en el tono surrealista de la serie. El
aspecto más llamativo de 'Severance' a nivel tonal y estético se mantiene
intacto, sin embargo, hay que reconocer que no todo les funciona y las tramas
no son interesantes por igual. También es verdad que al ser una serie densa, a
veces se nota más lo que no funciona.
Punto aparte merece la brillantez del diseño de producción,
la perfecta fotografía que resalta la deshumanización y la frialdad del mundo
de los 'innies', más una música tétrica que engloba el concepto visual de la
serie como algo sobresaliente. La narración y el mundo de Lumon es
frío, pero son las interpretaciones de todos los actores lo que la hace un gran
producto de ciencia ficción, induciendo nuevos elementos a este género.
Esta temporada 2 fue saltar desde la sátira anticorporativa
al concepto del legado, donde se dialoga con la forma en la que somos
capaces de conectar y desconectar aspectos de nuestra memoria. 'Severance' es una historia compleja que toma muchos elementos de diversos tipos de ciencia
ficción para hacer una crítica alucinante al mundo de las grandes empresas, las
que no quieren personas trabajadoras sino clones o miembros de una secta, que adhieran
a todos los principios de la empresa.
La escena final nos dice que ya no basta con ir a trabajar como si nada. Todo está destinado a cambiar.
Este film, que mezcla varios estilos fundidos en el clásico
cine italiano de filmar en exteriores y retratar a sus clases bajas, gira en torno
a Arthur, quien hace un viaje acompañado de lo que es invisible y en el que intentará
descubrir si puede convivir, en lo terrenal, con lo que en realidad desea y que
se encuentra en otro tiempo.
Para la banda de los 'tombaroli', ladrones de antiguas
tumbas y yacimientos arqueológicos, la quimera es soñar con dejar de trabajar y
hacerse ricos sin esfuerzo. Para Arthur, la quimera se asocia a Benjamina, la
mujer que perdió pero que está omnipresente en todo el film. Y con tal de llegar
a ella, de lograr un reencuentro en una forma quizás imaginaria, Arthur se enfrentará a lo que es convivir con lo invisible. Esa es la premisa de la nueva
película de Alice Rorhwacher, una de las prodigios de este tiempo. Con una
fotografía salpicada por el sol, nosinduce a un estado de meditación constante a
través de un arqueólogo inglés de pocas palabras y que viene saliendo de la
cárcel. Este tono dicotómico de una ciudad en luces chocando con un
protagonista desaliñado y melancólico, constituye el agujero negro en el medio
de los hermosos fotogramas de la película.
Arthur irradia una vibra de 'no me hables' que no
logra disuadir a los italianos rurales que lo rodean y quienes defienden el saqueo
de reliquias señalando que los etruscos murieron hace mucho tiempo. Este dilema
filosófico conduce a otras reflexiones sobre la fugacidad de la civilización,
ya que los italianos de hoy no pueden comprender la costumbre etrusca de
enterrar sus objetos, de hacerlos invisibles a las generaciones posteriores, en
comparación con sus propios logros culturales y que se remontan al arte
renacentista y estructuras de la antigua Roma. En estos pasajes, 'La Quimera' incorpora
las técnicas visuales que recorren la
historia del cine con la mezcla distintos formatos; hay momentos lúdicos que
utilizan el movimiento acelerado para sugerir una comedia de cine mudo, hasta
los momentos que rompen la cuarta pared cuando los personajes hablan
directamente a la cámara. así, en esta triste película obsesionada con todo lo que
no se ve, hay ecos del propio pasado cinematográfico de Italia y referencias a sus
grandes creadores. Por ejemplo, una de las personas que se encuentra en la
órbita de Arthur es Flora, la madre en silla de ruedas del amor de su vida, y
el hecho de que Isabella Rossellini la interprete subraya el compromiso de
Rohrwacher de canalizar el aura de las obras neorrealistas que Roberto
Rossellini hacía con Bergman.
'La Quimera' va sobre la reflexión de lo que debería
permanecer enterrado y lo que no. En ese sentido, la película es la otra cara
de ‘Lazzaro, feliz’, también de
Rohrwacher. Esa película jugaba con que 'la ignorancia es felicidad' al seguir a un granjero inocente cuya falta de
compromiso con el mundo lo hacía inmune a los estragos del tiempo. En cambio,
en 'La Quimera', el tiempo es sentido por todos, incluso por el espectador
que no logra descifrar en qué época exacta se desarrollan los acontecimientos.
'La Quimera' confirma a
Alice Rorhchawer como una gran contadora de fábulas contemporáneas sobre la
pérdida de la inocencia, tanto individual como colectiva. Este film es muy hermoso
en lo cinematográfico y con un inconfundible sello del clásico italiano. Y mientras el espectador va buscando el
equilibrio entre el pasado y el futuro, entre lo terrenal y lo invisible, Rohrchawer
se da la oportunidad de volar con un lirismo fuera de lo común.
Tras su gran éxito con Sin Novedad en el Frente (2022),
el director alemán Edward Berger plantea algo totalmente distinto a través de Cónclave,
la cual tiene en su ritmo narrativo y guion sus principales fortalezas.
La muerte de un Papa ha sido caldo de cultivo habitual para
muchas películas y series de televisión. A estas alturas, ya conocemos todos
los detalles de esta reunión cardenalicia que escoge al sucesor, pero nos
deleita cada nueva propuesta debido al nivel de secretismo y decadencia que se
aprecia en los pactos entre cardenales. Nada de eso está ausente en 'Cónclave',
la nueva película de Edward Berger que tras el éxito de 'Sin Novedad en el
Frente' (4 premios Oscar) toca otra tecla en esta aventura con la Curia.
El cardenal Lawrence será el eje central de este viaje que
se inicia justo con la muerte del Papa. Es el elegido para dirigir el
nombramiento de un nuevo pontífice y esto hará que Lawrence quede envuelto en
una conspiración de las altas esferas religiosas, al tiempo que descubre un
misterio que podría agitar la base de la Iglesia. Para ello, Berger cuenta con un gran aliado en Ralph
Fiennes, como Lawrence. El afamado actor cumple con una interpretación
perfecta sobre un papel bastante
complejo, debido a la personalidad y las dudas de fe que este cardenal encarna.
A él se suman grandes nombres, como Stanley Tucci e Isabella Rossellini,
quienes realizan una labor muy buena y que hace enganchar inmediatamente al
espectador. En general, los
personajes de la historia representan una arista de la Iglesia distinta, una
forma de ver la religión, de actuar o de pensar, lo cual ayuda a transmitir los
temas del film; por ejemplo, Tucci interpreta al cardenal
Bellini, un hombre sensato y bastante conciliador; aparentemente, Bellini no
ambiciona el poder y Tucci siempre transmite un sentimiento de urgencia y
nerviosismo con su interpretación, pero al final termina por ceder a sus propias
aspiraciones. Sergio Castellitto y John Lithgow, por otro lado, le dan
vida a dos hombres codiciosos y con grandes deseos de poder, con ideas
conservadoras que podrían provocar un retroceso de la Iglesia a tiempos más
oscuros. Todos se mueven rápido en esta historia casi detectivesca, llevada
adelante por Fiennes.
Por otro lado, el guion es uno de los motores del film. Edward
arranca con todo y busca constantemente ir a lo grande. Todo esto a través de
una cámara en mano que produce cercanía y una fotografía perfectamente
equilibrada, que va decayendo en cuanto a estabilidad, de la misma manera que
caen los planes secretos parea desestabilizar a los mejores candidatos a ser
electos en el Papado. Sublime es el trabajo de Stéphane Fontaine a la hora
de narrar la historia a través del encuadre, el cual se achica al primer plano
en instancias claves de revelación o incertidumbre, o agranda el lente en
momentos en que hay que hacer descansar al espectador o bien para ilustrar la
belleza del Vaticano. La paleta de colores también nos da claves
sobre los personajes: las habitaciones privadas son oscuras y poco
acogedoras, mientras que el comedor es
blanco e impoluto.Este es un punto fuerte, junto al trabajo de
Volker Bertelmann con la música.
A la hora de encontrar un punto bajo, podría ser el giro del
final de la película, que para muchos queda poco explicado y se siente forzado, desestabilizando la fluidez con la que se habían desarrollado los
hechos. Más allá de esto, queda el contraste entre la caída moral de los
personajes y la chispa de redención que ofrece el cierre, el que deja al
público con una mezcla de inquietud y alivio, cuestionando hasta qué punto la
fe y los valores personales pueden prevalecer en un mundo donde el poder del
más grande sobre el pequeño, se impone.