Chloé Zhao adapta la novela de Maggie O’Farrell con una delicadeza anclada a una feroz Jessie Buckley, la que sostiene el relato desde Agnes y convierte su duelo en un umbral entre vida, muerte y teatro.
Esta historia no va de Shakespeare ni del niño. Va de
Agnes. Y Chloé Zaho tiene la inteligencia de filmarla como
un personaje que lo contiene todo: amor, rabia, superstición, cuerpo, dolor.
El libro Hamnet, de Maggie O’Farrell, toma un
dato ínfimo dentro de una biografía gigante y ultra estudiada, como la de Shakespeare,
y que es la muerte de su hijo Hamnet, y lo convierte en un universo completo, una
historia no contada, pero muy doméstica y cruel.
Adaptar eso al cine puede salir muy bien o super mal. Muy
bien si se focaliza desde lo esencial (amor, enfermedad, duelo, Londres,
Stratford) y muy mal por la inmensa cantidad de estudiosos que se irían en
picada contra esta injusta dialéctica entre libro y película. ¿Cómo lo
resolvió Zhao? No centrándose en Shakeaspeare, ni siquiera en Hamnet. Lo resolvió focalizándose en Agnes. De esta forma, la directora logra algo
que muy pocos consiguen: que la película
sea sensorial, que los objetos sean importantes, que el viento atravesando las
ramas sean importantes, que el silencio de la casa sea importante, que los
cuerpos sean importantes. Y aquí su apuesta fue Jessie Buckley. Su interpretación
de Agnes es la película entera.
El arco emocional que sostiene la actriz tiene una potencia brutal,
contundente. Su voz grave se mezcla con el bosque, del cual hizo su hogar, casi
como un animal mitológico, como una criatura que pertenece más a lo pagano. Chloé
Zhao filma ese bosque como un útero, como un refugio anterior al mundo; Agnes siempre
vuelve allí buscando esa sabiduría en las plantas, en la lluvia, en su halcón,
en las abejas. De hecho, uno de los aciertos del film es el “agujero” del
bosque. Ese espacio al que Agnes vuelve una y otra vez y que funciona como
una herida abierta que separa la vida y la muerte, y que luego será también el
umbral entre ficción y realidad ya dentro del teatro.
Una película de detalles pensados y logrados
Por su parte, Paul Mescal es un Shakespeare
aspiracional, recién iniciando su largo camino a la inmortalidad literaria; es humano
y no genio, es joven y no legendario. En la película se muestra como alguien
que se aleja, que se desplaza (geográfica y emocionalmente) y esa lejanía se
vuelve parte del relato y Mescal actúa afirmado sobre esa culpa.
Otro detalle importantísimo y que está muy bien logrado, es
el casting que completan los niños actores del film. Para la directora
era fundamental que los hijos del matrimonio existieran en pantalla, que
no fueran una simple ternura decorativa. Zhao acierta con Jacobi Jupe (como
Hamnet) y con Olivia Lynes (como Judith); ambos hacen que el vínculo entre los
gemelos no sea solo narrativo, sino físico. Los gestos entre ellos, la manera
de tocarse, de protegerse, construyen una intimidad rara en el cine y
transmiten la energía de ser una sola alma. En “Hamnet”, el casting no fue una
cuestión de “buscar caras”, sino de pensar símbolos. Por otro lado, y al mejor
estilo de Chloé Zaho, la Inglaterra de Shakespeare está filmada con
romanticismo, no como un decorado histórico, sino como una promesa para
Will, en cuanto a que solo allí está su futuro. Filmada mucho en exteriores,
añadir el The Globe (la idea del teatro como frontera entre mundos) le da aún
más encanto a la recta final de la película. Y así como el escenario de exteriores
es relevante, también hay una decisión arriesgada de la directora en cuanto a
no crear una música original y rescatar piezas utilizadas en otros filmes y que
generaran una recordación en el público; es el caso de “On the Nature of
Daylight”, de Max Richter, una pieza bellísima y muy fácil de
asociar pues ya se usó en “Arrival” y “Shutter Island”, en momentos claves de
esas recordadas películas.
Finalmente,” Hamnet” es una suma de delicados detalles engranados en torno al duelo y a una mujer. Si Chloé Zhao logra el Oscar a Mejor Dirección, no será por justicia poética sino por precisión emocional. Y por haber entendido que esta historia, pese a Shakespeare, no es de él sino de ella.