miércoles, 1 de enero de 2020

The Lighthouse: el terror de la nueva década

En el lugar más olvidado del planeta, en el fin del mundo, cuando se apaga la luz del faro, la oscuridad devora todo y a todos. Así se dibuja “The Lighthouse”, como una pesadilla claustrofóbica que termina  cuando dos actores se baten a duelo y dejan la piel en el escenario, ad portas de cruzar el límite de la locura.

“The Lighthouse” es el segundo largometraje de Robert Eggers y  realmente es una experiencia  que conquista la pantalla a base de imágenes en blanco y negro,  de secuencias opresivas, de una fotografía brutal, de una música oscura y densa y de dos actores en registros sorprendentes, los que se vuelven desoladores en esa  relación 119:1 y en 35mm. Con estas herramientas técnicas,  Eggers provoca que desde el primer minuto sientas que estás viendo algo totalmente inaudito.

Inspirado por lo que escribieron Herman Melville y Sarah Orne Jewett, es una de esas historias que todos conocemos por el final, pero no por el camino recorrido; en el caso de este film, ese camino se pavimentó a punta de pura desesperación organizada por un robusto guion de Eggers y su hermano Max, el que presenta esta lucha de poder como un encuentro entre dos generaciones que perdieron sus perspectivas.

La película profundiza  en la desesperanza de los personajes, los cuales abandonan gradualmente su humanidad y olvidan el tiempo y el lugar donde se encuentran. A nivel de dirección, este proyecto cinematográfico representa un desarrollo notable de Eggers desde  “The Witch”, porque “The Lighthouse”  se abre mucho más abrumadora y obliga al espectador a sumergirse en un caudal de sorpresas narrativas, apalancada por dos fantásticos actores. Robert Pattinson  viene haciendo ruido hace rato y en buena hora se topa con esta oportunidad. Su actuación es absolutamente espectacular y la mejor de su carrera, al pasar por todo rango emocional rumbo a la locura; se masturba, ruge, se arrastra, amplificando una gama de talentos que anteriores películas no habían mostrado tan claramente. Y qué decir del magistral Willem Dafoe, quien está en control total de un gran arte, creando una actuación para la historia y que le podría valer una tercera nominación consecutiva al Oscars. Hay varias escenas donde despliega su nivel teatral y tira a la mesa su gran trayectoria.


El diseño sonoro es otro punto sobresaliente y es escalofriantemente completo. Entre la tormenta de sensaciones, el poder del mar, los alaridos de las gaviotas, la inquietante alarma del faro, los diálogos en inglés antiguo y el impresionante score de Mark Korven, la mezcla de sonido te atrapa obligándote a estar alerta de todo lo que pasa, atento al siguiente cuadro, a la siguiente escena, porque el sonido anuncia que no hay salida.

"The Lighthouse" sabe lo que quiere y qué argumentos técnicos debe usar para lograrlo: atmósfera, sonido, blanco y negro y duelo actoral, pero sin un titiritero que maneje esos hilos correctamente, podría no resultar. Robert Eggers muestra total dominio de estos recursos y confirma varias de las cosas que ya se insinuaban en “The Witch”, como su capacidad para hacer un cine basado en  atmósferas malsanas. Si a eso le sumas dos monstruos de la interpretación, “The Lighthouse” le permite mostrarse como la carta para la ejemplificación de un nuevo estilo de terror para la década que inicia, uno más moderno, amparado en ideas sumamente complejas y plasmadas por un capitán del elemento técnico.

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