La tercera entrega del universo Knives Out parte de un asesinato cometido durante una ceremonia religiosa y construye, a partir de allí, un relato que combina intriga, sátira moral y un conocimiento de las reglas del género; todo adornado en la presencia y espíritu de un sacerdote inolvidable.
Rian Johnson regresa de la mano de la aventura más
entretenida de la saga. Esta vez la historia se centra en la fe, el poder y un
sacerdote interpretado de manera brillante por Josh O’Connor. Los puñales regresan pero
el escenario cambia por completo: no hay mansiones ni millonarios, pero sí un
pueblito donde el trabajo en torno a la fe fortalece la figura del monseñor del
lugar., quien ha pasado décadas convirtiendo una iglesia en un espacio cargada de secretos, con un humor tenso que
pareciera estar listo para estallar en cualquier momento.
Este capítulo energiza aún más la saga. Lo policial se
mezcla con algo más siniestro, mientras que lo espiritual gana terreno y la película avanza
hacia un costado casi místico, algo que las anteriores versiones no habían
tocado, pues el crimen está atravesado por la culpa y la devoción.
Daniel Craig sigue convenciendo como Benoit Blanc. Pero lo realmente
interesante es cómo Johnson le quita luz y se la da a O’Connor. Su sacerdote ilumina,
es el alma de la película mostrando aristas frágiles, ingenuas, humanas.
Sostiene el misterio con humor, culpa y esa melancolía que tan bien maneja el
actor y que ya hemos apreciado en otras obras, como en La Quimera .Por
otro lado, la pareja protagonista es acompañada por un coro rutilante que funciona
como una galería de contradicciones: Josh Brolin impone como el sacerdote autoritario
y casi mesiánico; Glenn Close es un deleite como la mujer que guarda ese
secreto que hace explotar la trama; Andrew Scott satiriza al escritor venido a
menos, y Kerry Washington, Cailee Spaeny, Thomas Haden Church y Jeremy Renner
completan un entramado de ambiciones y resentimientos.
La mezcla de géneros es otro acierto, pues se enlazan mostrando una mirada de la fe como un territorio ambiguo, que puede salvar y, también, destruir. Como sucedía con las mansiones en las películas anteriores, la iglesia funciona como un personaje más que encierra y aterroriza.
Johnson aprovecha todos estos elementos para cargar el
relato de simbolismo religioso, sin convertirlo en sermón. La fe se ofrece como
estructura de poder, refugio y excusa, pero nunca como certeza. Estamos ante
una cinta de detectives en la que todo se pone en duda. La saga Knives
Out puede seguir creciendo si se mantiene fiel al respeto por la
inteligencia del espectador y por un sólido conocimiento del juego narrativo
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