lunes, 8 de marzo de 2021

WandaVision: ensayo de fórmulas

 Los productos Marvel siempre han ido  a lo seguro, no corren riesgos. Por eso, la propuesta de “WandaVision” es, a lo menos, llamativa. Recurriendo al novedoso elemento de enganchar con capítulos semanales anclados en series de comedia del pasado, se hace esperar para develar su verdadero tono y, lo más importante, mostrar la estrategia Disney para la gran cantidad de productos que vienen, relativos al MCU.

 

Con la temporada completa, una concluye que “Wandavision”  no ha sido tan extraordinariamente distinta al resto del MCU, tal  como prometían sus capítulos iniciales. Pero aún así, plantea un interesante entramado de conexiones entre cine y televisión que atrae a un público intermedio y a los enamorados de la nostalgia. Pero todos sabíamos que el  mundo ficticio de estos homenajes a sitcoms no podía ser lo medular, por muy en serio que se lo hayan tomado en la exquisita producción y ambientación, y el desarrollo perfecto de ese tono cómico por parte de los protagonistas (Paul Bettany está increíble en ese tono humorístico).

Cada capítulo era una década y una comedia representativa de la misma, con los atuendos y lenguajes de esos momentos pasados, pero siempre la pregunta era  por qué la serie recurría a las comedias de situación; la respuesta, es que ese  lazo especial que Wanda Maximoff comparte con “Dick Van Dyke Show”, “Malcom in the Middle” o “I Love Lucy”, es el espacio de seguridad emocional que éstos brindaban. Esta elección de referentes es de una lógica aplastante si consideramos la naturaleza de la Bruja Escarlata, sobre todo, y de Visión. Pero estaba  claro que aquellos homenajes eran circunstanciales y que la   aparición de Agatha Harkness (obvia si se sabían leer las pistas),  llena de humor, era el nexo con este  trasfondo de genuina “brujería” del personaje de Wanda. 

A   mitad de la temporada, el fan de Marvel respiró tranquilo porque aparecieron las agencias gubernamentales alimentando la trama conspiranoica y de  control de super héroes. A partir de ese momento, y pese a destellos de excentricidad gracias a Agatha Harkness y esos recuerdos a series emblemáticas, la Bruja Escarlata y Visión vuelven a encajar con el MCU, instalando la pregunta de qué  futuro plantea “WandaVision” para este universo, considerando que aquí toda producción afecta a la que viene. Al parecer, la respuesta está en las series, porque a pesar de ese inicio gracioso, la producción se las arregló para mantener la identidad Marvel: buenos efectos, humor, guiños, estupendo reparto, personajes atractivos, los que dejan caer su manto emocional en los episodios finales. De hecho, el episodio 8 no tuvo acción pero  resplandeció gracias a esas dimensiones emocionales, con un arco narrativo que comenzó su construcción hace mucho tiempo, en “Avengers: Era de Ultron” (2015). Una vez más somos testigos del modus operandi de Marvel para desarrollar personajes al largo plazo, algo que puede desagradar a los puristas del guion, pero que resulta loable en cuestiones de planeación a futuro de cualquier franquicia.

Hoy,  lo único que le importa a Disney es no perder el impulso, encadenar un producto con otro. En pocos días tendremos el estreno de “Falcon y el Soldado de Invierno”, que promete un tono más “Avengers” y con menos  espacio para excentricidades. Pero sin duda, que este “ensayo de fórmula” que significó “WandaVision” deja la lección de que se puede  probar distintos tonos, ensayar posibilidades para  cimentar los arcos narrativos de personajes de manera novedosa, en el presente y en el futuro y en las próximas fases del universo , lo cual es fundamental en la receta Disney para perpetuarse en el entretenimiento y en la competencia de los streaming.

sábado, 27 de febrero de 2021

Your Honor: un empate moral

La ciudad de Nueva Orleans se convertirá en el escenario de una  guerra de poder, mentiras y decisiones imposibles, basadas en ánimos revanchistas. “Your Honor” es un drama judicial con tintes de thriller que, pese a un arranque potente, pierde su orientación.

 

Imposible olvidar a Bryan Cranston como Walter White. Personificarlo le ha traído réditos al actor, quien luego de su brillante paso por “Breaking Bad” tuvo ofertas de sobra para meterse entre lo mejor de Hollywood; y como todo tiene un lado negativo, en este caso podría ser que, en cada nuevo trabajo, todos estamos buscando como compararlo con White. Y “Your Honor”, su nueva aventura, tiene algo de esto último; Cranston interpreta a un juez que infringe repetidamente la ley para encubrir el crimen de su hijo adolescente, lo que plantea la teoría del individuo que, por el bien de su familia, es capaz de casi cualquier cosa. 

“Your Honor” es una de esas series que lo tienen todo para estar por sobre el promedio: un buen guionista (Peter Moffat), buenos productores (Robert y Michelle King), un buen director como Edward Berger,  buena cadena (Showtime), el estar basada en una serie de prestigio (aquí desconocida) como la israelí “Kvodo”, y, por supuesto,  la imponente presencia de Bryan Cranston. Sin embargo, más allá de compartir protagonista e intenciones al margen de la ley, sería todo lo que “Your Honor” podría compartir con “Breaking Bad”, porque la serie pierde fuelle conforme avanzan los  episodios. De poco sirven sus firmes intentos por plantear cuestiones éticas tan interesantes, como la clara injusticia racial y la corrupción en el sistema legal de Estados Unidos. Una pena porque estos temas son necesarios de visibilizar, pero tras un primer episodio prometedor, se va quedando  en un drama judicial más, cuya premisa de “¿Harías cualquier cosa por tu hijo?” se impone con un halo ampliamente manoseado en tantos otros thrillers. Este  elemento podría haber sido  un punto de partida del relato, pero en cada capítulo cuesta y cuesta llegar a una meta.


Con una producción muy sólida, a partir del tercer capítulo se frena, manteniendo  una inercia que no le permite  ir al grano y se pierde en una serie de personajes y situaciones muy enmarañadas y otras demasiado obvias. Esto no es necesariamente  malo, pues ver a actores como Cranston o Michael Stuhlbarg actuando siempre es un placer, pero sí hay mucha redundancia y dispersión. 

Peter Moffat, artífice de la excepcional  “The Night Of” (2016), Margo Martindale como secundaria, Isiah Whitlock Jr. como un político corrupto y Michael Stuhlbarg como capo mafioso, completan el pool que da vida a “Your Honor”, excelentes actores que ofrecen actuaciones conocidas, que no los saca de sus zonas de confort; lo mismo  Cranston, quien nos deleita en ese persistente claroscuro de su personaje, aunque ya todo parezca como que ya lo vimos antes.  Esta serie es 100% para fans del actor y se nota que él está cómodo en su rol de protagonista y productor.

A pesar de su comienzo vibrante, “Your Honor” no es efectista, no es para para impacientes. En la necesidad de no dar puntada sin hilo ni pasos en falso, se sacrifica vértigo para que todo logre encajar, dando forma al drama humano del protagonista, cuyo final deja la sensación de una gran revancha del destino o  un mero empate moral, sin nada más que reflexionar. Un camino hacia el lado oscuro que puede recordar al de Walter White, pero que en “Your Honor” se muestra, en general, demasiado forzado.

viernes, 5 de febrero de 2021

Nomadland: desertar del sistema

Un pasado repleto de melancolía, en el que aflora el trauma, aunque también la conciencia de un estilo de vida. Todo ello amparado por la visión lírica de Chloé Zhao, quien logra exhibir la belleza del nomadismo. 

Una vida de soledad, desapegada de todo lo superfluo, donde prima la relación con un entorno natural, pero a la par, con una fuerte conciencia de comunidad sostenida en el apoyo mutuo. Ese es el pilar del discurso de ‘Nomadland’, película que ya ha salido victoriosa de varios circuitos cinematográficos y que nos vuelve a poner por delante una dirección y actuación encomiables. La película emerge como un grito contra el materialismo y donde se discute, por ejemplo, sobre la necesidad de firmar una hipoteca a cuarenta años, para sentir que tienes un hogar. 

Chloé Zhao no pretende ser definitiva con esta presentación, porque la vida nómada tiene también sus penurias y las muestra sin contemplaciones, como cuando Fern festeja sola el año nuevo, con una bengala, o aquello que le provoca observar los atardeceres, como un simil  con ‘Into the Wild’,  aunque, si bien es cierto, la película de Sean Penn armaba una afrenta contra el sistema e idealizaba esa existencia en solitario; ‘Nomadland’ evita todo elemento aleccionador. La película es filmada en exteriores con gran trabajo del lente, sobre todo cuando abre los planos intentando que entre por la cámara la grandiosidad de la naturaleza; en algunos planos, Frances McDormand se come la pantalla, y en otros, el paisaje la devora a ella, porque Zhao convirte ese medio oeste en territorio adverso; así es como el film se pasea por el desierto, por enormes planicies, la intemperie, las  carreteras hacia ninguna parte. Las imágenes son bellas y desoladoras también, y acompañan a los personajes como sobrevivientes del sistema. Nuestra protagonista viaja por diferentes condados y se cruza con otros nómadas, con quienes intercambia inquietudes y recomendaciones de próximos destinos, armando una ruta para vivir el presente y para constatar, que ese estilo de vida desapegado, genera una unión, un compañerismo, un amor a la vida que el capitalismo no puede dar. En esas conversaciones, los planos son cortos y los diálogos algo inconexos, con actores no profesionales, nómadas reales, que le aportan al relato una perspectiva fresca y espontánea.


Nos queda la duda con la elección musical, ya que en una película de carretera, este elemento se vuelve un actor más. La elección de un compositor como Ludovico Einaundi es como un conector de ‘Nomadland’ con la televisión, le da un toque moderno que una nómada no necesita. En ese sentido, Zhao se aleja de ‘The Rider’, su anterior trabajo, cuando usa elementos que hacen una transición del nomadismo de su protagonista, para adaptar una mirada urbana.

Frances McDormand es la dueña de todo lo que ocurre, de todo lo que emociona y duele de la película, dando vida a una mujer recién viuda y cuyo pueblo fue desterrado por los vaivenes económicos. Se mantiene a base de trabajos esporádicos que la obligan a moverse por distintos lugares, no perteneciendo a ninguno. Unas semanas aquí, otras semanas allá, señalando a los nuevos pobres, a los que viven en un viejo furgón, como ella, compartiendo los rigores de esa vida nómada. Si en ‘Tres anuncios por un crimen’ eran unas vallas publicitarias las que le servían para denunciar la inercia policial, en ‘Nomadland’ son las estrecheces de una camioneta lo que se erige como denuncia frente a un sistema que va ‘botando’ personas, a pesar de una vida entregada al trabajo, y que al final de ella no tienen paz para vivir. Es una película muy melancólica, casi triste, porque añora el pasado, pero que destila libertad por todos sus ángulos.

sábado, 30 de enero de 2021

Tenet: respirar la esencia Nolan

Ni Marvel, ni DC, ni Disney catapultaron la taquilla para salvar algo del aciago 2020. Esa tarea le tocó a un film que podría catalogarse de blockbuster, pero eso sería rebajar la radicalidad de “Tenet”, por lo que podríamos encasillarla donde no corresponde. Lo mejor que tiene es su capacidad de jugar con la mente del espectador, subiéndole un cambio al cine de Cristopher Nolan. 

La han definido como  “compleja” y “solemne”, tal como todos los films del británico. Da la impresión  que el director se empecina en no ser complaciente con las modas, arriesgándose a hacer una película tipo madeja, pero que tras el visionado hace pasar un buen momento. Y sí, es compleja, sofisticada y solemne, pero por encima de eso, está construida con la intención de  atravesar las cabezas del público más allá de lo habitual, al estar llena de laberintos narrativos y argumentales. Y quizás esa sea su principal virtud, porque con un  presupuesto tan colosal, podríamos esperar un cine condescendiente, hecho a la medida del cinéfilo de fin de semana, sin embargo, Nolan tomó ese cerro de millones y  firmó una película que no hace concesiones y no busca satisfacer al público, ampliando el nivel de exigencia que pauteó en  “El Origen”, película con la que conecta a través de este film. 

 Si en su película de 2010 teníamos una historia clásica de atracos, con todos los recursos habituales del género (planes complejos que parecen salir mal, ladrones muy inteligentes que se adelantan al espectador, una historia que hacía empatizar emocionalmente gracias a actores conocidos), en “Tenet” presenta una historia abstracta, cercana al cine de espías, al noir, donde los actores,  empezando por Washington, se comportan  como robots sin sentimientos, dejando el tope emocional al personaje de Elizabeth Debicki; ni siquiera el elemento de su hijo es tratado con tanta relevancia, alejando la humanidad como componente central del relato. Robert Pattinson sigue creciendo en cada trabajo y aquí  hace una dupla interesante con Washington, acoplándose a la orden del director de no dar pistas, de sumar riesgo, para superar fórmulas ya vistas. Esto último se nota porque, como en toda película de este director, el ensamble de las piezas es  complejo, y si por ahí te sales un minuto de la trama, toda la experiencia se pierde. Pero lo que no es desperdicio, es el espectáculo de alta producción, partiendo por la impactante escena inicial y que marca el ritmo a lo que vendrá. Este es otro clásico del director. Y de ahí en más, o te atrapó o simplemente te tiró por la borda.

¿Es “Tenet” desechable?, en absoluto. Hay que hacer un esfuerzo por esquivar las trabas del guion y sus diálogos casi en código, sin embargo, y si el espectador es aficionado a la ciencia-ficción dura, encontrará muchos incentivos para disfrutarla, siendo el principal, los viajes en el tiempo en dos direcciones, y también, porque tiene momentos brillantes: la persecución, todo lo que rodea a las máquinas, el abrumador clímax, la particularidad de  contar la misma escena desde distintos puntos de vista, que es algo ya usado antes, pero aquí Nolan logra hacerlo con suma  originalidad y plantea un giro muy inspirador para continuar metido dentro del viaje.

“Tenet” es entretenida, tiene visión futurista y con más acción  que reflexión conductual. No importa quién es el héroe ni quién es el villano, los roles se intercambian según el ojo de quién mire, porque nos cautivan más las  secuencias frenéticas que obligan a repetir el visionado para fijarse en detalles que, con seguridad, son pasados por alto; y también, para volver a escuchar la sensacional partitura de Ludwig Göransson, la cual logra poner tensión y es un personaje más. Esta película es respirar la esencia de Christopher Nolan y toda su obsesión por el manejo del tiempo.

sábado, 23 de enero de 2021

Supongamos que Nueva York es una ciudad: un adiós al siglo XX

Martin Scorsese y la famosa escritora Fran Lebowitz, se unieron para concebir una producción cargada al humor y al ingenio, pero que tiene una mirada ácida a la hora de reflexionar sobre una ciudad amada por ambos, pero que hoy refleja algo alejado a lo que, en un momento, les sirvió de inspiración.

En cuanto sabes leer, ya increíblemente rico. Tan rico que si leyeras todo el tiempo, no tendrías tiempo para pensar en el dinero. (Para mí) es una forma de ser inmensamente rica, por eso nunca me importó el dinero.” Así sintetiza Lebowitz su riqueza en “Supongamos que Nueva York es una ciudad”, la serie documental creada por su amigo Martin Scorsese, para Netflix. Algo parecido ya había hecho el director con la autora de “Metropolitan Life”, en el docu “Public Speaking” (HBO, 2010), con un esquema similar de entrevistas y discursos de Lebowitz.

Los siete capítulos de “Supongamos…” funcionan como una especie de despedida del siglo XX, a lo que fue esa ciudad que, desde los ’80, se convirtió en la capital de la modernidad. Y es una de sus figuras emblemáticas, la que le saca la foto a esa conversión a través de  ironía pura.

Lebowitz llegó a Nueva York en los '70, justamente cuando comenzaba la ofensiva del capital económico contra lo que quedaba de reinado de la cultura. Y es por eso que, a pesar del humor que expele, “Supongamos que Nueva York es una ciudad” termina siendo una de las piezas más nostálgicas de Scorsese, porque es muy ilustrativa de lo que el siglo XX significó para los que lo vivieron de lleno. De ahí que uno de sus puntos más altos sea la crítica a la pérdida del sentido que hizo de las ciudades, lo que fueron: lugares hechos más por personas que por edificios; personas que Lebowitz dice, hoy ya no saben caminar la ciudad.


Scorsese dirige todos los capítulos, además de estar delante de la cámara en  ellos. Y am
bos forman una dupla  curiosa, porque si bien son  espontáneos y las conversaciones resultan divertidas, el docu-serie podría haberse convertido en un tedio, porque el  formato no da para  episodios de 45 minutos, ni tampoco para una película de dos horas. Por eso, don Martin acierta en elegir recipientes temáticos y separarlos completamente, para que su amiga desarrolle su mordacidad dentro de un límite establecido. Cada capítulo trata fundamentalmente un tema, pero cada vez que la escritora quería irse por las ramas, el director estaba en cámara, con ella, decidiendo si la traía de vuelta a lo principal, o bien, la dejaba irse. Y para no convertir la experiencia en una conversación de dos, Scorsese dinamizó cambiando el escenario y llamando a Alec Baldwin, a Spike Lee y otros, para refrescar la conversación, lo cual se logra bien gracias al trabajo de David Tedeschi y Damián Rodríguez. Otro punto alto son  las piezas de archivo, las que fortalecen ese concepto evocador del documental, hacia una ciudad que ya se fue.

Fran Lebowitz tiene una forma de pensar que, aunque moderna para su generación, refleja algunas nociones propias de su tiempo. Y comprender que no sepa usar un celular o que no le guste la gente nos sirve como hilo conductor  de su pensamiento, del pensamiento de alguien que vivió otra época y trata de rescatar lo que queda de entre los rascacielos. Y para que sea divertido, a la vez que nostálgico, es Scorsese quien hace las preguntas correctas.

“Supongamos que Nueva York es una ciudad” le va a caer bien a todos los que quieran pasar un buen rato gracias a sus episodios cortos, pero no es un producto para devorar. Mejor aún, porque si es de  calidad, la receta es  digerirlo lentamente.

 

 

viernes, 8 de enero de 2021

Pieces of a Woman: testigos del dolor

El húngaro Kornél Mundruczó regresa con una nueva película que cuenta con el espaldarazo de Martin Scorsese en la producción ejecutiva. Es el drama de Martha (Vanessa Kirby) y su pareja Sean (Shia LaBeouf), a punto de ser padres.

Los primeros 20 minutos son un remolino de sensaciones, porque sabemos que nos aventuramos a presenciar un parto hogareño. Mientras las escenas nos muestran la dulzura de la relación de esta pareja, las contracciones se suceden más rápido y todos los acontecimientos que permiten el resto de la película, se desarrollan en este inicio en plano secuencia. El cineasta le encarga al director de fotografía Benjamin Loeb ,que filme a velocidad variable todo este suceso de hechos, colocando al espectador en un punto de vista omnipotente. Los planos rápidos transmiten eficazmente la ansiedad e incertidumbre de un parto, mientras que los de ritmo más lento parecen detener el tiempo, como son los besos y caricias en ls bañera o cuando ya acontece lo fatídico. Todo ese episodio está muy bien dirigido y tiene poder en sí mismo, respaldado por las convincentes actuaciones del trío protagonista; al espectador le resulta imposible no ponerse tenso e incluso incómodo tras el impacto de esas primeras escenas tan bien montadas.  Lo que consiguen Mandruczó y su guionista Kata Wéber con este primer acto, es establecer la intimidad de la pareja y hacerte saber que su futuro cambiará. Lo que sigue luego, es un estudio del duelo. 

El suceso traumático obliga a la pareja a explorar un abismo. Frente a ellos aparecen la desesperación, la rabia y una fragilidad que parece interminable. En la segunda parte, el papel de la madre de Martha se vuelve todavía más crucial, llegando a descubrir el trasfondo de su comportamiento manipulador  hacia su hija y su esposo. Un monólogo intenso de Ellen Burstyn, filmado en un solo primer plano, cumple muy bien ese propósito. La película continua la  deconstrucción de esta pareja recayendo el peso dramático en  Vanessa Kirby; “Pieces of a Woman” está en los hombros de la actriz y la fortaleza que le otorga a su personaje. Las marcas que dejó en ella esta tragedia están siempre presentes en pequeños detalles, como la presencia de fluido en sus pechos, la inapetencia sexual, la incomodidad  hacia su pareja, las plantas sin regar y los platos sin lavar. Desde lo íntimo hasta lo básico, esas cuestiones llevarán a su personaje y al de LaBe ouf, su mejor interpretación en años, a  quebrar el lazo.

El proceso de duelo requiere  tiempo, y tal vez por eso la película está organizada en capítulos. No todos ellos funcionan, principalmente, por los cambios de ritmo, los que descarrilan algunos clímax; por otro lado, Ellen Burstyn demuestra su poder actoral en un monólogo definitivo frente al personaje de Kirby, quien penetra el corazón con una actuación multifacética con respecto al dolor. Porque además de su espectacular interpretación en el parto, ella lidia con sentimientos muy complejos y navega por un torbellino de dudas y estados de ánimo, caminando la vereda de la ira, la apatía, la inteligencia y el orgullo. Todo esto lo corona por un tercer acto memorable, que subraya un gran desempeño que ya fue reconocido en el Festival de Venecia, donde se quedó con la estatuilla a  Mejor Actriz. Y no debiera ser el único premio de la temporada.

En su primera película en inglés, el director Kornél Mundruczó nos entrega a una Vanessa Kirby con una actuación brillante en este viaje de reconstrucción de sus fragmentos; junto a ello,  muestra  una escena sin cortes  que dura más de 20 minutos y nos adentra en el desafío de renacer. “Pieces of a Woman” cuida su lenguaje, da valiosos espacios para el silencio y para momentos fuertes. Si bien la película tiene algunas fallas (la metáfora de las semillas germinadas no es tan innovadora), cuando  Kirby aparece te olvidas de todo, porque lo único que importa es ser testigo de cómo trabaja con el dolor.

sábado, 2 de enero de 2021

Soul: la solidez de una película atemporal

Lejos de enfocarse en el público infantil, “Soul” fue el último trallazo de 2020 emanado de Pixar, cuya historia es capaz de interpelar a cualquier edad. La trascendencia, el sentido de la vida y el amor en todas sus formas, el arte incluido, son máximas de un film que clava banderas para un nuevo estándar del cine de animación.

Una exquisitez  que se plantea las preguntas más profundas que cualquier otra película del 2020. Bajo la dirección de Pete Docter, “Soul” entronca con algunas antiguas producciones de Pixar, pero supone un paso  gigante en una definición de estilo. A primera vista, es fácil compararla con “Coco” y detectar parecidos con  “Up” e “Inside Out”, pero lejos de creer que la película iba por ese mismo lado, estamos frente a la constatación del punto más alto de un concepto de cine, de una manera de contar historias. 

La vida después de la muerte podría ser el resumen principal del film, pero también lo es cuando la describimos como un paseo por  “lo que ocurre antes de la vida” ,cuando Joe se encuentra con un alma nonata que no encuentra la “chispa” que le dará sentido a su futura vida, desarrollándose una serie de acontecimientos bien trabajados y con mucha filosofía detrás. Aunque el argumento suena grave, Pixar lo llena de humor, uno que es más detectable para los adultos, haciendo que esta película cuaje como  lo más maduro que ha creado la compañía. Los conceptos ancla que maneja, posiblemente sean difíciles de abordar  para el público infantil, aunque la ligazón con el prólogo de “Up” (otra de Docter), y el sentido de pérdida presente en “Coco”, podrían ser aspectos más digeribles para los menores porque ya las vieron, pero en “Soul” no hay un sentido de lo efímero ni de lo festivo, como en las nombradas;  la verdad, es que ninguna de las antiguas Pixar planteaba una situación así para su protagonista, un diálogo abierto acerca de la organización del universo a la hora de nacer y morir.


Artísticamente, el estándar de la película es muy alto, con un apartado visual que hubiera sido una belleza sublime apreciar en pantalla grande. Todo el aspecto terrenal dio un paso adelante en la animación, con una recreación de Nueva York sencillamente espectacular, con un impresionante detalle de los diseños a nivel de un hiperrealismo técnico nunca visto, permitiendo expresividad y mucho dinamismo. Docter experimenta con soluciones fantásticas, logrando que la película mantenga un gran nivel de estímulo visual que aporta un nuevo  concepto narrativo. Y en el elemento sonoro, Pixar se gradúa de grande al combinar los eximios talentos de Jon Batiste, colaborador de Prince, Stevie Wonder y Lenny Kravitz, con el de Trent Reznor y Atticus Ross, quienes nos regalan una de sus mejores composiciones con sensacionales temas oníricos, musicalizando  las escenas más emocionantes de la película enlazando una serie de canciones impactantes; es de lo mejor que han hecho para el cine.

“Soul” es una muestra de madurez fílmica, una propuesta plástica única, un goce sensorial nunca visto; lo anterior, sumado al increíble uso  del jazz y el diseño de los personajes, generan la sensación de un cambio de timón en estas películas, de amplitud de giro dramático hacia temas más complejos, lo cual puede marcar un antes y un después en estas piezas de cine cada vez más sofisticadas. Pixar ha elaborado un estilo de cine que iba dirigido a los niños, pero que ya que se ha hecho imprescindible para el público adulto.