Alejandro González Iñárritu lanza a la parrilla todo su
prestigio en Hollywood. Porque la audiencia y la crítica podrían
ser descarnados con la propuesta, sin embargo, en esta audaz aventura, el
director se apoya en dos pilares fundamentales: Leonardo Di Caprio, con una
inestimable y casi masoquista actuación, y Emmanuel Lubezki, director de
fotografía.
Con ambos, el director construye esta película tras haber
ganado con “Birdman” el último Oscar. Desolada como el infierno pero sumamente
hermosa, este film es una pesadilla, en la cual hay bastante violencia sin
piedad, no solamente entre humanos, sino que también hacia animales y del propio páramo hacia los humanos; las imágenes te roban el aliento continuamente siendo una hazaña
cinematográfica filmar varios de esos pasajes, sin embargo, y a pesar de lo
difícil que se ve el escenario para “The Revenant”, el
director demuestra un control unitario y, sin importarle la extensión, nos
presenta una historia tensa, pero bajo su total control.
Música:
Es trepidante y va al compás de los acontecimientos del film. Destaco algunos temas pero no son memorables.
Es trepidante y va al compás de los acontecimientos del film. Destaco algunos temas pero no son memorables.
Vestuario y maquillaje:
El vestuario es acorde a la época, con muchas texturas en las telas; el realismo en las pieles es impresionante, buen trabajo en este aspecto. Respecto al maquillaje, este muy bueno ya que las heridas en los personajes y la pintura de guerra se ven con claridad y transmiten el dramatismo.
El vestuario es acorde a la época, con muchas texturas en las telas; el realismo en las pieles es impresionante, buen trabajo en este aspecto. Respecto al maquillaje, este muy bueno ya que las heridas en los personajes y la pintura de guerra se ven con claridad y transmiten el dramatismo.
Actuaciones:
Di Caprio se entrega a la actuación, la que se ve realzada por la fuerza de la naturaleza; está mucho mejor que en varias de sus recordadas actuaciones anteriores, más ceracno a El Aviador y alejado de El Lobo de Wall Street. Tom Hardy, por su lado, lo sigue de
cerca y no deja indiferente a nadie; si su personaje hubiera estado dotado de más capas podríamos haber visto más dimensiones pero es una caracterización que lo va a llevar a varias nominaciones. Todo esto gracias a la excelente dirección
de Iñárritu, que saca a sus actores de su zona de confort para llevarlos a la
lúgubre densidad de los bosques canadienses. Sin embargo, es criticable la simplicidad
de los personajes: un héroe esforzado e íntegro frente a un enemigo indigno de
la más mínima simpatía, pero no más que un vulgar ladrón aprovechador. El resto
son acompañantes y no tienen un peso dramático de importancia.
Guion:
Este debe ser el punto más bajo de la película. Me parece
una historia muy pequeña para un escenario tan imponente, lo que la vuelve
larga y predecible. Al no tener la historia un peso dramático por sí sola, debe
estar apoyada por las imágenes, por el escenario, por la visualidad, lo que
termina tomándose la película y restándole peso a los diálogos y a las resoluciones
de la trama. Parece que la historia ya la hemos visto antes en el cine y lo que
termina por sentar la diferencia es la prolijidad de la foto.
Fotografía:
Esto es la película. A cargo de Emmanuel Lubezki, quien pasa por su mejor momento en Hollywood, vuelve a traernos el estilo de "una toma" que caracterizó su film anterior (“Birdman”), pero con ciertos recortes. Lo que más se destaca es el uso de luz natural en las escenas, algo novedoso en films tan caros como este. La batalla, por ejemplo, es conducida por la incansable cámara de Lubezki, mientras que la escena del oso, de una increíble veracidad, es apoyada por ese ambiente onírico que el encuadre y la luz le dan a toda la película, y que contrasta con el extremo realismo, no recomendable para alguien con estómago muy sensible, que tiene el film.
Esto es la película. A cargo de Emmanuel Lubezki, quien pasa por su mejor momento en Hollywood, vuelve a traernos el estilo de "una toma" que caracterizó su film anterior (“Birdman”), pero con ciertos recortes. Lo que más se destaca es el uso de luz natural en las escenas, algo novedoso en films tan caros como este. La batalla, por ejemplo, es conducida por la incansable cámara de Lubezki, mientras que la escena del oso, de una increíble veracidad, es apoyada por ese ambiente onírico que el encuadre y la luz le dan a toda la película, y que contrasta con el extremo realismo, no recomendable para alguien con estómago muy sensible, que tiene el film.
Y seguimos sumando: el abandono, el asesinato del hijo, el sumergimiento
en heladas aguas, el comerse un pez vivo, el hígado de un búfalo o el meterse
dentro del cuerpo helado de un caballo muerto, son algunas sorpresas que el cine
de hoy no nos trae, pero que esta película se encarga de visualizar con crudeza
e hiperrealismo, al estilo obsesivo del mexicano, que se empeñó en filmar
exclusivamente en escenarios naturales, con los mínimos efectos digitales y
trucos habituales en cualquier producción de Hollywood; junto a eso, súmele
condiciones ambientales y lumínicas adversas, que prolongaron los meses del
rodaje (y el presupuesto también). Sin dudas, Lubezki merece un nuevo Oscar (aunque
estará muy peleado con Adam Arkapaw y su precioso trabajo en "Macbeth")
.Podemos achacarle a Iñárritu su envoltura demasiado hiperreal para una
historia predecible, pero si este film se usó para que Iñárritu se graduara
como un grande del cine, pues lo logró, porque nos devolvió ese gran cine para
el cual se necesita un gran director, el que utiliza la naturaleza como
escenario y actores que se entregan y llenan, con su virtuosismo y oficio, una
historia que más bien parece hecha para una serie de televisión.

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