Tras su gran éxito con Sin Novedad en el Frente (2022), el director alemán Edward Berger plantea algo totalmente distinto a través de Cónclave, la cual tiene en su ritmo narrativo y guion sus principales fortalezas.
La muerte de un Papa ha sido caldo de cultivo habitual para muchas películas y series de televisión. A estas alturas, ya conocemos todos los detalles de esta reunión cardenalicia que escoge al sucesor, pero nos deleita cada nueva propuesta debido al nivel de secretismo y decadencia que se aprecia en los pactos entre cardenales. Nada de eso está ausente en 'Cónclave', la nueva película de Edward Berger que tras el éxito de 'Sin Novedad en el Frente' (4 premios Oscar) toca otra tecla en esta aventura con la Curia.
El cardenal Lawrence será el eje central de este viaje que se inicia justo con la muerte del Papa. Es el elegido para dirigir el nombramiento de un nuevo pontífice y esto hará que Lawrence quede envuelto en una conspiración de las altas esferas religiosas, al tiempo que descubre un misterio que podría agitar la base de la Iglesia. Para ello, Berger cuenta con un gran aliado en Ralph Fiennes, como Lawrence. El afamado actor cumple con una interpretación perfecta sobre un papel bastante complejo, debido a la personalidad y las dudas de fe que este cardenal encarna. A él se suman grandes nombres, como Stanley Tucci e Isabella Rossellini, quienes realizan una labor muy buena y que hace enganchar inmediatamente al espectador. En general, los personajes de la historia representan una arista de la Iglesia distinta, una forma de ver la religión, de actuar o de pensar, lo cual ayuda a transmitir los temas del film; por ejemplo, Tucci interpreta al cardenal Bellini, un hombre sensato y bastante conciliador; aparentemente, Bellini no ambiciona el poder y Tucci siempre transmite un sentimiento de urgencia y nerviosismo con su interpretación, pero al final termina por ceder a sus propias aspiraciones. Sergio Castellitto y John Lithgow, por otro lado, le dan vida a dos hombres codiciosos y con grandes deseos de poder, con ideas conservadoras que podrían provocar un retroceso de la Iglesia a tiempos más oscuros. Todos se mueven rápido en esta historia casi detectivesca, llevada adelante por Fiennes.
Por otro lado, el guion es uno de los motores del film. Edward arranca con todo y busca constantemente ir a lo grande. Todo esto a través de una cámara en mano que produce cercanía y una fotografía perfectamente equilibrada, que va decayendo en cuanto a estabilidad, de la misma manera que caen los planes secretos parea desestabilizar a los mejores candidatos a ser electos en el Papado. Sublime es el trabajo de Stéphane Fontaine a la hora de narrar la historia a través del encuadre, el cual se achica al primer plano en instancias claves de revelación o incertidumbre, o agranda el lente en momentos en que hay que hacer descansar al espectador o bien para ilustrar la belleza del Vaticano. La paleta de colores también nos da claves sobre los personajes: las habitaciones privadas son oscuras y poco acogedoras, mientras que el comedor es blanco e impoluto. Este es un punto fuerte, junto al trabajo de Volker Bertelmann con la música.
A la hora de encontrar un punto bajo, podría ser el giro del
final de la película, que para muchos queda poco explicado y se siente forzado, desestabilizando la fluidez con la que se habían desarrollado los
hechos. Más allá de esto, queda el contraste entre la caída moral de los
personajes y la chispa de redención que ofrece el cierre, el que deja al
público con una mezcla de inquietud y alivio, cuestionando hasta qué punto la
fe y los valores personales pueden prevalecer en un mundo donde el poder del
más grande sobre el pequeño, se impone.
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