Esta intensa historia retrata la crueldad en el contexto de la posguerra, principalmente la marginación de las mujeres y su pérdida de autonomía. Con una estética que evoca al cine expresionista alemán y actuaciones sólidas, esta obra combina crudeza y humanidad en un estilo de filmación sobresaliente.
Desde el inicio, el film nos sumerge en un melodrama social
muy duro, recreado con una atmósfera de blanco y negro escalofriante. A Magnus von Horn, el director, le gustan las calles con
neblina y poca luz, queriendo así mostrar los estereotipos de una clase media
religiosa y aparentemente bondadosa. La Chica
de la Aguja grafica de manera notable el estilo de vida miserable de
los estratos bajos de esa sociedad, la cual había perdido su sensibilidad tras
la debacle de la guerra. Al mismo tiempo, nos presenta a las dos protagonistas
de esta historia basada en hechos reales la que, sin embargo, el director
adapta de manera bastante libre. Dagmar,
una mujer de aparente conciencia social, le ofrece ayuda a Carolina cuando
intenta abortar. Le propone que mantenga al bebé y promete ayudarla a
encontrarle una vida mejor al retoño, entregándolo a una pareja rica.
Desde los primeros 30 minutos, el director comienza a construir el contexto y el entorno
del pueblo con una frialdad notable y utiliza una fotografía de mayor espacio
vertical para enfocarse en las personas, creando cierta claustrofobia en el
lente. Una vez establecida la pérdida de humanidad, el
director pasa al relato, el cual muestra cómo ante la falta de garantías
individuales y laborales, las mujeres terminan marginadas incluso en la libre
elección sobre su cuerpo y su maternidad.
El personaje de Dagmar es sólido y de hecho la película debió haberse centrado más en ella, si es que quería ser leal a los hechos reales; sin embargo, comparte el protagonismo entregando dos visiones constantemente. A pesar de su papel, donde Dagmar busca ser la salvadora, hay momentos en los que el tono de la trama representa una maldad aún más extrema, nacida de sus instintos, los que nunca quedan realmente claros. El giro final, aunque predecible, sí resulta un suspiro de esperanza.
Cierto es que hay un par de escenas impactantes pero que no son gratuitas, sin embargo, la película tiene algunas fallas en el tránsito de algunos eventos y en la forma de abordar ciertas temáticas, especialmente aquella conexión entre la clase de la época y la maternidad y las inspiraciones reales de Dagmar en sus asesinatos.
La Chica de la Aguja es un cuento de horror sobre la
nula garantía de los sectores más desposeídos, especialmente de las mujeres.
Filmada de manera impecable y con una fotografía que debiera recibir varios
premios, esta obra continúa la tradición danesa de crear historias impactantes
enfatizando el estilo de filmación.
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