miércoles, 23 de octubre de 2019

Joker: la locura es como la gravedad


Los ricos son cada día más ricos y los otros sectores sociales se empobrecen sin que a nadie le importe. ¿Le suena conocido? En ese ambiente caldeado y de años de rabia patológica, se desempolva esta versión triste  de un personaje trascendental en la historia del comic y del cine, y que en versión de Todd Phillips logra una obra de alta factura visual y  mensaje ambiguo, que ha generado debate. Joaquin Phoenix está a la altura de sus antecesores y del personaje

Alejada del mundo Avengers, de Marvel y del tono oscuro de “The Boys”. La cinta de Todd Phillips es una nueva propuesta de acercamiento a los orígenes inciertos de un gran villano. “Joker” es mucho más triste de lo que creíamos gracias a un buen hilvanador de visualidad oscura que se traduce en una ciudad Gótica decadente, un departamento de mala muerte, un trabajo que apesta, un día a día de abusos, desilusiones y alucinaciones de que buenas cosas vendrán para el propio Arthur. Ante tanta violencia de vida es imposible no humanizar a esa figura teatral que busca brillar en la comedia vestido de payaso.

El guion se aleja de Batman y nos lleva a comprender cómo se gesta un criminal. Nos lleva a imaginar que luego de estar en un psiquiátrico, Arthur Fleck prosigue su trayectoria de crímenes y  vengándose de la ciudad que tanto daño le ha inflingido. También podemos imaginar que su forma evolucionará hacia algo mucho más peligroso pues ya no tiene padre, madre ni amigos ni a quien admirar. Allí nos quedamos cortos de información porque este Joker no llega a intimidarnos, sino que sentimos pena por él, pudiendo caer en la tentación  de justificar sus actos. Este punto ha generado un interesante debate en medios de crítica de cine pues la ambigüedad del mensaje, en una época tan polarizada como la actual, la hace quedar como poco jugada.


En el apartado técnico es poderosa;  su belleza es indiscutible con planos de gran fotografía, de luz y sombra, de banda sonora tétrica que acompaña todo el film, acentuando la cuota de amargura que pretende transmitir. Pero nada de esto tendría importancia si el actor que se metió en la piel de este icónico personaje no hubiera logrado una gran performance. Joaquin Phoenix pone su talento al servicio del Joker, baja de peso y adquiere gran expresividad corporal, convirtiendo su danza y gestualidad en uno de los puntos fuertes de su actuación, porque son un lenguaje. El otro es su risa,  punto que se vuelve central porque pone la cuota lúgubre al ser la representación de su patología; en su risa jamás hay alegría y ahí aumenta la empatía con Fleck. Volviendo al guion, éste podría haber tenido más contenido. Los personajes secundarios no adquieren relevancia y solo son acompañantes en este recorrido por la autopista de la locura del protagonista, y eso la hace caer en momentos largos. Hacia el final, obviamente, devela sus mejores secretos, porque Phoenix es el Joker pero ¿el verdadero?. Si se fijan, quien mata a la familia de Batman es otro tipo disfrazado de payaso, no Fleck, y se puede deducir muy fácil porque Phoenix tiene 40 y tantos y Batman es solo un niño. Arthur, en ese sentido, nos confunde  como narrador porque hay demasiadas  alucinaciones y fantasías. Desconfía de lo que ves porque al cuadro siguiente puedes sorprenderte; esa estrategia, más una gran música y un actor en un personaje que le quedó como guante, hacen de este film una buena apuesta, con un guion débil y no tan inteligente en los diálogos (comparados con los de “El Caballero de la Noche”, donde Ledger hasta hoy es recordado por esas líneas cargadas de reflexión) y que le quitan ritmo.

El Guasón ha sido nuevamente reverenciado en una película que lo muestra como hombre obligado a una vida sin futuro, debido a los traumas infantiles, una débil salud mental y falta de apoyos. Cuando las sociedades solo ofrecen caos e injusticia social, se necesita una leve chispa para que todo se transforme en una revolución. Esa chispa es el “Joker” y existe en todos los barrios de tu ciudad.

lunes, 21 de octubre de 2019

El Camino: un regalo exquisito y superficial


El showrunner Vince Gilligan, cerebro tras “Breaking Bad” y director de esta película, no quiso reescribir lo ya contado y prefirió ofrecer un último episodio de la gloriosa serie que acabó en 2013. En la más clásica tradición de la narrativa que protagonizó Walter White, una mala decisión conducirá a otra, dejando varios cadáveres en el camino.

“Breaking Bad” es una de las series más relevantes de la historia reciente. Tras 5 temporadas, supo despedirse en grande y ser aclamada justamente por su final, el que estuvo a la altura de su trama y desarrollo; su protagonista tuvo el único fin posible, pero algunos fanáticos se quedaron con la duda sobre cuál sería el futuro de Jesse, al que solo vimos huir en un auto. De esta circunstancia se aprovechó Vince Gilligan para crear “El Camino”.

Pese a que han pasado 6 años desde la última escena de Aaron Paul en “Felina”, la caracterización para intentar dar al espectador la sensación de que todo está ocurriendo justo donde se dejó es buena, a pesar que las cicatrices no estaban en el mismo lugar y había un leve aumento de peso en el actor; los fans de la serie perdonamos esos detalles y fuimos mucho más optimistas sobre esta experiencia cuando apareció Todd Alquist. El personaje es parte de los flashbacks de Jesse, lo cual logra que  “El Camino” funcione perfectamente como un capítulo extra de la temporada final de “Breaking Bad”, aprovechando su sintonía con la estética y narrativa de la serie. El guion es de continuidad y no presenta sorpresas, dándole importancia al apoyo emocional que genera la aparición de otros estelares que ayudan a conectar con la historia anterior: los amigos Badger y Skinny Pete le devuelven a la película ese humor sordo basado en discusiones superficiales; Mike Ehrmantraut (el asesino a sueldo de Gus Fring), el viejo Joe, los padres de Jesse, Kenny, el magnífico Ed (coincidiendo con la muerte de Robert Forster) y hasta  Jane, que viene a representar lo que Mike le advertía al inicio: que por mucho que empieces de nuevo, nunca se podrán arreglar ciertas cosas.



Pero mientras avanzaba la historia era imposible no pensar si Gilligan recurriría a la figura seminal de “Breaking Bad”…Walter White. La escena en la que aparece es meramente testimonial pero imponente, pues su sola presencia copa la pantalla y evidencia que la serie era White y siempre todo giró y girará en torno a él. La frase final de esa conversación así lo ilustra: “Tienes muchas suerte. No has esperado toda la vida para hacer algo especial”.

“El Camino” se aferra, durante todo el visionado, a los actores que pasaron por “Breaking Bad”, a la estética que caracterizó las 5 temporadas y de la ciudad de Albuquerque, lo que ahorra introducciones y le da a  la película la característica de ser el cierre de algo y no una nueva etapa. Y muchos se preguntan si ese cierre era necesario. Particularmente, creo que el último plano de Jesse en “Breaking Bad”, escapando en el auto que da nombre a esta película, dejaba ese flanco abierto, aunque  no era muy difícil pensar que Pinkman iba a seguir ligado al camino oscuro que había decidido recorrer junto a Walter. Por esto, la película no será comprendida por quien no haya visto la serie, porque el final feliz de Jesse solo pueden aplaudirlo quienes tuvieron como ídolo al gran Heisenberg y al compañero que siempre estuvo a su sombra. Aaron Paul demuestra estar a la altura de un personaje icónico pero al cual le saca todo rastro de comedia, centrando como matices la desesperación y el vacío que hay en su mirada.

Este es un cierre adecuado y que no molesta pero que se queda  como un experimento superficial, como un esfuerzo por cerrar todos los ciclos. La aparición de Bryan Cranston, en esa escena en la cafetería, pone en evidencia lo que uno piensa después de  los primeros 40 minutos de “El Camino”: que el verdadero “Breaking Bad” acabó hace 6 años. 

jueves, 19 de septiembre de 2019

Once Upon a Time in Hollywood: crónica de la historia


En su 9ª película, absolutamente coral, Quentin Tarantino transforma la realidad como solo él sabe hacerlo, utilizando su visión mítico-poética de una época crucial de la cultura popular norteamericana.

Quentin Tarantino ha dicho que la pareja protagonista de “Once Upon a Time in Hollywood” representa  lo que eran Robert Redford y Paul Newman. Y ese es el pilar que soporta esta entretenida película, uno de los estrenos más esperados de este año. En otro acto de justicia poética, de los muchos que contiene el film, Tarantino sabe contarnos una época y desentrañar algunas de sus claves, sin que parezca que lo está haciendo, porque lo que nos plantea es una lectura del propio cine y con mayúsculas.

Rick Dalton simboliza al viejo Hollywood, a ese  que ya no tiene cabida frente a la generación de los ’60, la que emergió para barrer con el pasado. Leonardo DiCaprio no tiene miedo al ridículo y volviéndose un actor de comedia, interpreta de una manera magistral la realidad que vive Dalton; el sufrimiento del actor ante el tiempo que lo alcanzado es simplemente brillante, y serían varias páginas las que necesitaríamos para describir una inmensa actuación, la que ya ha dejado varios memes debido a lo convincente que luce en cada reto. Esto reafirma la química infinita que existe con Tarantino, que ya lo dirigió en “Django Sin Cadenas”, sacándole un villano magistral. Y el que no se queda atrás es Brad Pitt, quien interpreta al doble de Dalton, pero que juega a esa mixtura de ser una contraparte de Rick; Cliff Booth está lleno de misterio, pero es fuerte y seguro de sí mismo, a pesar de comprender claramente que debe conformarse con lo que le toca; sin embargo, tendrá grandes escenas durante la película, junto a su adorable perrita rottweiler, la que también se roba parte de la atención. La interpretación de Brad también es absolutamente  convincente, repitiendo un trabajo perfecto bajo el lente de Tarantino, tal cual ya había pasado en “Bastardos Sin Gloria” y su espectacular teniente Aldo Raine. Además, logra que nos preguntemos cómo puede tener 56 años…y parecer de  30!.


Y la tercera estrella de esta constelación es Margot Robbie, quien da vida a una Sharon Tate desconocida, llena de frescura y entusiasmo por entrar al mundo del cine. Y acá podríamos relevar lo del homenaje, pues la figura de Tate es solo recordada por la forma horrorosa en la que el clan Manson le dio muerte, pero nunca se ha reparado en su vida. Tarantino nuevamente recurre a los gestos, como aquel en el que Tate entra a una librería para comprar “Tess d’Urberville”, de Thomas Hardy, novela que sería llevada a la pantalla grande por Polanski, años después, con un éxito arrollador. O cuando Tate ve en el cine “Las demoledoras”, aquella comedia en la que compartió protagonismo con Dean Martin y Elke Sommer. Quentin invita a celebrar la vida de quien muchos conocen solo su muerte. Y otro grupo que también llega a un gran nivel, son esas mujeres que formaron el grupo de adoración de Charles Manson, principalmente en la secuencia en el rancho donde antes se rodaban wésterns y ahora vivía esa comunidad. Toda la película es un desfile de buenos  momentos, orgánicos,  sin utilizar las largas conversaciones tan típicas de la filmografía del director: la pelea de Cliff con Bruce Lee; el diálogo entre el sufrido Dalton  y la niña actriz; la virulenta pelea a ritmo de la versión que Vanilla Fudge hizo de “You keep me hangin' on”; la fiesta Playboy, o cuando Pitt se saca la polera para arreglar la antena en el techo, o la divertidísima escena centrada en “La gran evasión”. Todo está filmado sin exageración, con perfectos encuadres, con hermosa ambientación, sobre todo cuando nos lleva a Italia, al mundo del spaguetti western, subgénero que el director amó en su niñez y al cual dedica un ecléctico collage  que, sin duda, emocionará a los fans de Sergio Leone.
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Toda esta construcción, Tarantino la toma de hechos reales y los acomoda de acuerdo a su fantasía, una que le sirve para glorificar una época en la que creció y a una industria odiada y venerada. Como en la mayoría de sus películas, logra un balance interesante entre el género que busca retratar y su propia identidad visual, pues no se aleja de clichés que logran sobresalir gracias un guión  fresco, una edición y narrativa muy específica y personajes bien delineados.

En su tan anunciado penúltimo film. ¿Cuál habrá sido el objetivo de Tarantino?, la respuesta  es mostrar que el cine modifica la historia. El director observa a los fracasados, a los perdedores, y les ofrece una revancha. La gesta de Dalton y su doble, con sus luchas , generosidades, vicios y lealtades, se consume en una fiesta final al estilo del director. Aquí, el cine toma el poder desde los sueños y nosotros le agradecemos a Quentin el haber juntado a ídolos noventeros  en una película que lo vale, donde resplandece por geniales actuaciones y por una química que siempre creímos que tenían DiCaprio y Pitt, pero que ni en nuestro mejor pensamiento habríamos creído que era tan real.

sábado, 10 de agosto de 2019

Years and Years: payasos peligrosos, terror tecnológico


Transhumanos, sexo con robots, portales protegidos por redes cuánticas, inhibidores de frecuencia megalómanos, vídeos falsos creados con digitalización falsa, scáners de aliento, sucedáneos alimenticios...este futuro nos plantea “Years and Years”. La alianza entre BBC y HBO presenta un producto aterrador.

¿Qué es lo que vemos hoy en las noticias? crisis de refugiados, fanatismo étnico, guerras con  enormes listas de muertos, tensiones políticas entre superpotencias. Si a ese panorama social/político desolador hay que sumarle la gentrificación de las grandes ciudades, la digitalización de los puestos de trabajo, crisis bancarias,  precarización del empleo. ¿Le suena familiar? Claro!, todo está ocurriendo en nuestras narices y no estamos haciendo absolutamente nada. La cachetada viene cuando esta serie te deja helado/a, al mostrarte que todo puede ser realidad a la vuelta de la esquina.

Con una larga carrera, que arrancó a finales de los ‘80 con la grandiosa “On the Waterfront”, Russell T. Davies supo granjearse una dilatada experiencia combinando dramas con ciencia-ficción. Esa misma impronta la explaya al máximo en “Years and Years”, miniserie que irrumpe imparable dejando una estela de asfixia en cada episodio. La historia parte a finales del mandato de Trump, cuando Estados Unidos lanza un misil nuclear a una isla china. La inestabilidad internacional florece, Reino Unido se alinea con su socio natural,  Europa enloquece, Ucrania vive un éxodo de población, Grecia aboga por su "grexit", la derecha extrema resurge mientras el estado del bienestar y la clase media son aniquilados. Más que una reflexión, lo que plantea esta propuesta es un desesperado “despierten!”, una llamada de emergencia sobre varias cosas a las que no estamos reaccionando. En este sentido, es tan pavorosa como “The Handmaid’s Tale”.


El eslabón político del guion es Vivienne Rook, llevada a la realidad por una magistral Emma Thompson; mujer políticamente incorrecta, populista, que asciende paulatinamente pese a que es minoría, pero consigue tener la llave para decidir la gobernabilidad utilizando el lado de la política del que hoy se abusa, aquel que le saca su lado “show”.  "Cuidado con los payasos", dice la abuela, la mujer más sabia y el cable a tierra de la familia Lyons, núcleo al cual golpean distintas realidades de esta distopía.

Pero no solo la política es pilar de la serie. “Years and Years” echa un vistazo a temas que llevan décadas en la palestra: cambio climático, la extinción de especies, la radiación, la tecnología y su lado peligroso; en este último punto es particularmente terrorífica, muy en la frontera de “Black Mirror”, casi igual de visionaria y estremecedora.
Con un ritmo endiablado y sin necesidad de otra temporada,”Years and Years” dio su golpe de timón esperando que abramos los ojos. Por alguna razón, HBO no quiso promocionarla, a pesar de que ya es una de las joyas de su catálogo.

Euphoria: Nihilismo salvaje


Con un enfoque sumamente original, HBO sumó otro punto a un año excepcional al sumirse en la polémica del consumo de drogas, desnudos, sexo explícito, maltrato y abuso al cual se ve sometida la adolescencia actual. Con un trabajo de fotografía inmenso, una gran narrativa y geniales interpretaciones, “Euphoria” ha sido una apuesta muy cruda para los adultos, porque lejos de mostrar estereotipos nos muestra a los adolescentes del mundo de hoy, cuyas vidas están siendo dibujadas con el pesado lápiz de la autodestrucción.

Después de “13 Reasons Why”, ha existido cautela a la hora de abordar la vida adolescente de este siglo, sector etareo que brutalmente ha subido su nivel de trauma debido, principalmente, a infancias tóxicas que los han lanzado a esta etapa de la vida con suma vulnerabilidad. A pesar de todo esto, “Euphoria” desarrolló su historia con un tono que fue más allá, en todo.
Creada por Sam Levinson, cuenta la historia de Rue (Zendaya), una adolescente que sale de rehabilitación tras sufrir de constante ansiedad, de ver solo vacío frente a la vida y cuya única forma de sentirse viva es a través de las drogas. La mirada del director está guiada por el  exceso, cada decisión es extrema y el guion logra transmitirle al espectador que eso es preocupante; ese lanzarse a los brazos del hedonismo, de la autocomplacencia, del placer inmediato. 


A lo largo de sus ocho episodios, Rue, Jules, Nate, Maddy, Kat, Chris y Cassie, dibujan una realidad bastante aterradora para los adultos, cargada de un  nihilismo absoluto en la exploración de la sexualidad, marcada por la pornografía y la violencia. Con claridad en los contenidos y en la forma en que se querían mostrar, el repaso que la serie hace de sus personajes no tiene desperdicio, tanto del punto de vista narrativo, como aquel que refiere a la fotografía; los conflictos que aborda Levinson están definidos por una "glamourización del sufrimiento" al ponderar la exhibición de esas miserias con una absoluta belleza en color: los llantos iban al compás de purpurina o neones, la hermosura de los personajes iba a la par de su fragilidad total, todo enmarcado en una paleta de tonos morados que solo te permitían sintonizar, empatizar. Otro de los puntos altos del guion es el humor negro que se desprende de los diálogos pues a cada historia grave se colaba un respiro para introducir un chiste, lo cual cimenta una serie equilibrada en varios frentes.


Todo lo anterior es obra de un gran  equipo creativo guiado por el director y guionista Sam Levinson, junto a la banda sonora de Labrinth (Timothy Lee McKenzie) y el increíble trabajo de fotografía de Marcelll Rév, Drew Daniels, Adam Newport-Berra y André Chemetoff, que consiguen crear un aspecto visual realmente único y renovador para el tratamiento de la serie adolescente. Ah!,  lo otro grandioso de esta propuesta es cómo expone la forma  que hoy los jóvenes tienen de ayudarse; aquí, las chicas guapas se llevan bien con las no tan guapas, las flacas comparten secretos con las no  tan flacas y las minorías van ganando autoestima y respeto. Es decir, “Euphoria” refleja que los arquetipos tradicionalmente desclasados, hoy son incluidos dentro de los grupos de ayuda de cada joven, volviéndose verdaderas hermandades y normalizando aquello de que  todas y todos somos iguales, que todas y todos valemos.
“Euphoria” es una advertencia para la critica que engalana con brillos y neones el infierno de la adolescencia. La serie quiso ser explícita para que hagamos algo por nuestras infancias, por la familia, por el amor. Y que lo hagamos ahora ya, por la juventud del mañana.

lunes, 15 de julio de 2019

The Virtues: la generación sin memoria


“Sex Education”, Fleabag” y “After Life” son lo más destacado del año y todas son británicas. A esta lista hay que agregar a “The Virtues”, una historia  desgarradora sobre cómo los olvidados por la sociedad arrastran una cruz no escogida, y grafica el momento en que la única forma de sacudirla de la espalda es volviendo atrás, para reconstruir un rompecabezas lleno de dolor.

Las series británicas gozan de excelente momento creativo, es más, últimamente hay un montón de nombres que son casi imprescindibles; pero no todas están en la categoría mainstream, hay otras más de nicho, más complejas en su narrativa, pero que levantan la misma polvareda por su gran calidad. Este es el caso de “The Virtues”, lo último de Shane Meadows,  realizador que batió todos los récords con “This is England” hace dos décadas, esa maravillosa ficción sobre los skinhead que lo acogieron en una etapa de su juventud. Porque Meadows tuvo una vida difícil y ha utilizado las series para exorcizar su propia historia, para recordarla, para sanar y perdonar. Y mucho de esto da forma a “The Virtues”.

Protagonizada por un sobresaliente Stephen Graham, el resultado es una de las mejores series de 2019. Graham se pone en la dañada alma y piel de Joseph, quien fue separado de su hermana en la niñez, enviado a un hogar de niños del cual escapó, y construyó su adultez intentando olvidar. Pero cuando su ex esposa le comunica que se va con su hijo a otro país, su vida se vuelve a derrumbar. El estilo visual del director es absolutamente realista, con muchas escenas sin diálogos, pero  evocadoras de los pensamientos sufridos del protagonista, recursos con los que Meadows se mueve con facilidad. Joseph es un personaje habitual de su filmografía, aquel integrante de una clase obrera desamparada por instancias de la vida, pero también por inequidades provenientes del gobierno.  Tras no poder hacer nada para incidir en la decisión que ha tomado su ex, Joseph decide volver a su Irlanda natal para encontrar las respuestas de un pasado que tiene completamente reprimido y que, sospecha, es lo que lo tiene convertido en esta persona totalmente descompuesta.

Apoyados en la sugerente música de la gran P.J.Harvey, que firmó una gran banda sonora, sentimos a los personajes  y  deambulamos con ellos en busca de sus respuestas. Joe nos hace sufrir y empatizamos totalmente, porque sabemos que el dolor ha sido muy gratuito. La serie, además, nos presenta el parangón de las decisiones de Joe con las de Dinah, personaje muy importante y que, a sus 20 años,  pareciera repetir los problemas del protagonista pero en otro segmento etareo. Su historia va en paralelo y nos permite contrastar las diferentes actitudes frente a las jodas  de la vida en dos etapas diferentes. El triángulo lo completa Anna, la hermana de Joseph y quien lo acepta tras 20 años sin verse y, en pocos episodios, parecen atravesar toda la vida que los ha separado.

“The Virtues” se vuelve sólida mientras explora su premisa y utiliza elementos del thriller psicológico. Finalmente, es la encarnación de una generación que ha sido objeto de la desmemoria. La trama le ofrece, representada en Joe, la posibilidad de un reseteo mental para intentar tener la paz interior que le ha sido negada.

Alejado de cualquier moralidad, Meadows presenta su última serie como una denuncia clara de la situación de su país pero sin usar el Brexit como excusa, sino más bien construyendo un drama sobre un hombre que sólo quiere curar las heridas del estar vivo.

viernes, 12 de julio de 2019

Stranger Things 3: la cautivadora nostalgia


Fenómeno mundial en 2016, “Stranger Things” llegó a una impensada 3a temporada escribiendo una carta de amor a Steven Spielberg, John Carpenter, H.P. Lovecraft, Stephen King y tantos más. En sus letras se evidencia sinceridad,  geniales arcos narrativos y subtramas propias de la adolescencia para ejemplificar una fantástica labor de los hermanos Duffer, Curtis Gwinn, Paul Dichter, William Bridges y Kate Trefry, escribiendo libretos que cruzaron lo intergeneracional y abrazaron el género de ciencia ficción y horror que alumbró la década '80, y construyó la vida y las sensaciones de millones de jóvenes que hoy se ven reflejados en los 8 episodios.

Es cierto que la temporada 2 había sido algo dispersa en su empeño por volverse oscura y verse menos infantil; sin embargo, allí fue donde radicó el inesperado y absoluto éxito de 2016 asique no había que inventar la pólvora, había que hacer el ejercicio de reconocerse a sí misma como culto y no como homenaje a los '80. Para ello, el equipo de guionistas hizo una labor soberbia rescatando el mejor carisma de su extraordinario elenco y dividiendo a los protagonistas en grupos, los que fueron por caminos paralelos y con ritmos distintos para avanzar en sus respectivas historias. 

Y resaltamos lo del libreto, realmente maestro, sin cinismos, reconectando al grupo de amigos con “El día de los muertos”, “Zombi”, “The Stuff”, “Oz” (¡más miedo aún!) o “La invasión de los ladrones de cuerpos”, en la versión de Philip Kaufman (por eso hay una zapatería Kaufman en el centro comercial!). Pero también asoman en todo su esplendor “Terminator” y, sobre todo, “La Cosa”. De esta manera, los Duffer deciden apostar por el terror multirreferencial enfatizando dos pilares narrativos recogidos del film “Amanecer Rojo”: la paranoia anticomunista de la época y su analogía  de suplantaciones corporales alienígenas. Ambas corrientes se desarrollan muy bien y de forma entretenida, gracias al personaje de Smirnoff y Murray que dejan momentos que no flaquean.

Aparte del guion, toda la temporada sale adelante gracias al desempeño, nuevamente, de un fantástico elenco. La dupla compuesta por Steve y Dustin se afianza como el de las estrellas de la comicidad, sobre todo Gaten Matarazzo, quien es casi un John C. Reilly en potencia. El Hopper de David Harbour evolucionó a una simpática versión de detective estilo “Magnum”, mientras que la gran revolución fue Maya Hawke, hija de Ethan Hawke y Uma Thurman, con una actuación hilarante y espontánea. A eso le agregamos a la mega estrella Milly Bobby Brown perdiendo sus poderes y dejando a su novio para ir en búsqueda de quién es en verdad, para sentenciar una temporada bisagra que podría ser detonante de, quizás, una temporada final.

La música ha sido fantástica otra vez. Desde “Never Ending Story” hasta “Wake Me Up Before You Go Go” y “Material Girl” sentencian un soundtrack de lujo. Sin embargo, hay un detalle importante y que tiene quer con “Heroes” de Peter Gabriel. Es la última canción que suena en la temporada y que ya había formado parte de la sesión inicial cuando encuentran el cuerpo de Will en el lago (después descubriríamos que estaba en el upside down), y acompaña el triste momento en que Once lee la carta que Hopper había escrito y no se atrevió a conversar. Dado que la hermosa versión de Gabiel para el tema de David Bowie suena en un momento de pérdida, tal cual la temporada 1,  muchos ya especulamos con que refiere a que el detective está vivo, ¿acaso está cautivo por los rusos y es lo que vemos en la escena final post créditos?.

Casi 100 millones de dólares de presupuesto, una brillante factura técnica, secuencias de acción sólidas, personajes frescos y nuevos rostros que aportaron humor y dinamismo al mejor blockbuster del año. “Stranger Things 3” es atractiva en todos los aspectos y encaja perfectamente porque, en realidad, nadie quiere crecer realmente: aún somos, y para siempre, los seres que éramos en el colegio. Ahí se afianza el éxito intergeneracional de esta nostálgica propuesta.