'Nightmare Alley' (El
Callejón de las Almas Perdidas) es la nueva película de Guillermo del
Toro que adapta el libro de William Lindsay Gresham y que, a la
vez, supone un remake de la película clásica de Edmund Gouldin.
La base del film es vestirse de noir en el contexto de un extraño circo de posguerra. Si bien Guillermo Del Toro es
dueño de muy buenas películas, su norte
fílmico ha sido otro y queda la idea que esta adaptación pretendía ser una carta
de presentación en otro código.
Del Toro toma este clásico de Edmund Goulding para
recrear el relato de un personaje que, por ambición, lo pierde todo y toma un pasaje
hacia la redención. Los que han visto las 2 películas las han comparado y ese
siempre es un ejercicio complejo para quien hace el segundo intento, pues está
presente el apelar a la nostalgia que generan los clásicos. Las distancias
entre una y otra son muchas y el resultado, como casi siempre ocurre, favorece
a la original por ser más sutil y elegante, mientras que Del Toro propone
efectismo y una narrativa más larga, donde reluce el diseño de producción y
vestuario, donde logra sumergirnos con habilidad en el mundo del espectáculo circense
y de salón de posguerra. A nivel de foto, los escenarios interiores están
llenos de misterio y seducción, con buen juego de luces. La foto de exteriores
no es mala, pero es más fría y carente de magia. En cuanto al guión alargado, con
respecto a la película original, éste acierta en dar mayor identidad al
escenario del desenlace de la historia. Por otro lado, el evidente cambio tonal
de los personajes ofrece un juego distinto que nos devuelve al film y funciona
bien. Sin embargo, la agilidad de la historia se ve malograda y peca de un
ritmo demasiado cargado, que acaba perjudicando el disfrute.
En cuanto a las
actuaciones, Guillermo del Toro reunió un gran cast. Bradley Cooper como Stanton
Carlisle, Cate Blanchett como la Doctora Ritter, Rooney
Mara como Molly, y Toni Collette . Personalmente, Cate
Blanchett está reluciente, seductora, tramposa, perdiendo la inocencia de
la interpretación original. Precisa en todas las teclas. Bradley Cooper
tiene su mejor actuación en mucho tiempo, pero tarda en encontrar su lugar
porque le da mucho espacio al tono seductor, como característica principal,
dejando de lado el carisma que exprimió muy bien Tyrone Power. No es
malo que haya elegido esa herramienta para entrar con su Stanton Carlisle, pero
se demora en verse carismático. Lo que nos molestó fue que Rooney Mara queda muy
en segundo plano, cuando su personaje es
fundamental para la historia; da la sensación que no estaba totalmente integrada
a la narrativa.
Hay algunas escenas
lentas y otrasdonde el director acierta
en la atmósfera que crea y logra que nos involucremos con la magia y el
ilusionismo que propone.El sonido está
cuidado, como así también las respiraciones, la tensión y el engaño.
'Nightmare Alley' del
2022 es más bien la intención de Guillermo Del Toro de salir de la etiqueta del
director de ‘cine de monstruos’ o ‘cine B’ y se dispone a realizar un film de
tono ‘más serio’. Si bien no lo logra del todo, la película tampoco es
desechable completamente, por lo que más que una maduración cinematográfica, esta 'Nightmare
Alley' fue para él una inteligente estrategia.
La primera temporada de ‘El Libro de Boba Fett’ desaprovecha
todo lo bueno que propone en su primera mitad, para luego caer víctima de las
prácticas habituales de Disney: tirar de la nostalgia para compensar flaquezas
de la historia.
Después del éxito de ‘The Mandalorian’ y el
constante crecimiento del universo ‘Star Wars’, la propuesta de ‘El Libro
de Boba Fett’ tenía un reto no menor, uno que consistía en mostrar algo
novedoso sobre un mundo que parece tener reglas claras y que ha sido sobreexplotado.
No olvidemos que ya hay oficializados casi media docena de proyectos futuros, varias
películas agendadas y la promesa de mayor material. De ‘Star Wars’ se ha dicho prácticamente
todo.
Entonces, ¿Qué tenía para decir ‘El Libro de Boba Fett’?.
Después de todo, se trata de una visión
sobre un héroe solitario, muy semejante al reciente ‘The Mandalorian’.
Pero mientras las aventuras de Mando y Grogu tenían un ingrediente más abierto,
la historia de Boba Fett se quedó en una dedicatoria a los fans. ¿Y eso es malo?. Depende, porque Boba Fett es una pieza de
enorme interés en la percepción de ‘Star Wars ‘y pasó de ser un personaje
pequeño a una parte gravitante de la mitología, una que enlaza a la trilogía
original, con las precuelas y ahora con el mundo de las series. Pero también,
Boba Fett es en sí mismo, una estructura que permite revisar el poder de los
puntos más agrestes de la galaxia. Pero el peso de encontrarse enlazada con ‘The
Mandalorian’ no le permitió a la serie
haber mostrado algo novedoso.
La serie sigue el estilo de la protagonizada por Pedro Pascal pero acentuando su lado western, para bien y para mal, distanciándose de
la épica característica de ‘Star Wars’ y presentando una historia más terrenal.
Así vemos a un llanero solitario que busca enfrentar a la autoridad corrupta
tras un suceso traumático, dividiendo la historia en dos bloques: el
resurgimiento de Fett y la guerra por el dominio de Tatooine. Pero le fue
imposible equilibrar ambos y cuando se notó que la historia comenzaba a flaquear,
Disney recurrió al refuerzo de siempre: la nostalgia.
A lo largo de la serie (especialmente al comienzo) se trata
la relación de Boba Fett, como extranjero, con un pueblo nativo muy famoso
en la franquicia. Esta relación es el motor para la evolución de Fett y de la
serie, pero a mediados de temporada queda en el olvido y todo se centra en la
lucha por Tatooine; ahí es cuando la serie pierde su riqueza y, al mismo
tiempo, se toma la decisión de incluir a un grupo de personajes que
desentonan por completo. ¿Qué hacer para apalancar el fallo?, pues acudir a una
apuesta segura: The Mandalorian. Dos de los siete episodios de la temporada
1 de Fett están dedicados a Djarin, los mandalorianos, Grogu y la Fuerza;
son puro fanservice y una paliza de nostalgia que enamoraría a cualquier
fanático, parecido a lo que ocurre en el Arrowverso. De todas maneras, hay que destacar
que aquellos episodios están brillantemente trabajados y muy bien dirigidos por
Bryce Dallas Howard (la que TIENE que dirigir una de las futuras películas);
sin embargo, se sienten como una forma de rellenar la temporada, hasta el
final.
Estos episodios dieron paso a una especie de temporada 2.5
de ‘The Mandalorian’ y es más que claro que la temporada 3 de ésta, se va a conectar
con la 1 de ‘El Libro de Boba Fett’. En
conclusión, había un potencial que se perdió en Boba Fett, pero igual fue una propuesta
disfrutable y la gran mayoría se dejó encandilar por la nostalgia. Nos quedamos
con la banda sonora, la ambientación, los personajes, las escenas de acción, Roberto
Rodríguez y su amor al western, Bryce Dallas Howard y su tono implacable en la
dirección y, por supuesto, con Temuera Morrison , quien da vida a un
Boba Fett creíble y desaprovechado, que debe ceder a un Disney que, de seguro,
está dispuesta a mantener el tono western. ¿Es posible otra temporada donde se
puedan revelar todos los secretos de Boba Fett?, si así lo deciden, la serie
tiene un desafío mayúsculo, siendo el más relevante, encontrar una voz propia.
Con colores cálidos y con un
espectro brilloso, Paul Thomas Anderson logra transportar a la audiencia no
solo a la época setentera, sino que también a la atmosfera obtenida en Punch-Drunk
Love e Inherent Vice. El director construye un film repleto de
primeros planos que se convierten en la mejor carta de presentación para Cooper
Hoffman y el mejor debut del año: Alana Haim.
“En unos años serás un hombre
exitoso y te iras de aquí. Mientras, yo seguiré acá”, dice Alana. “Nos iremos
los dos”, responde Gary. La confianza y la inseguridad son los hilos que
mueven la nueva historia de Paul Thomas Anderson. Gary es un adolescente que ha
vivido mucho y Alana es una mujer que ha vivido poco y que necesita
urgentemente buscar su camino. Así vamos viendo cómo esta historia de
encuentros y desencuentros, se desarrolla por personajes absorbidos por la
cultura gringa de los ‘70. Licorice Pizza es una carta de amor sobre los
sueños de una vida que comienza y examina
la nebulosa que recorre el pensamiento de un chico que cree que puede enamorar
a una adulta o abrir su propio negocio en plena adolescencia. Es un film que
aprovecha la idiosincrasia norteamericana de la época y expone a Gary como
celoso y orgulloso, pero también preocupado por los suyos. Mientras que Alana vive
contra reloj.
El juego de roles se encuentra siempre
presente en los personajes de Paul Thomas Anderson. Todos buscan responder esa terrible pregunta de ¿Quién soy?, y allí es
donde han aparecido aquellos que sienten
que el mundo les pertenece, como Eddie de Boogie Nights, Frank de Magnolia,
Lancaster Dodd en The Master, o Daniel Plainview y Reynolds Woodcock en There
Will Be Blood y Phatom Thread; y hasta aquellos donde la inseguridad
interna no los deja avanzar, como Barry en Punch-Drunk Love, Linda
Partridge en Magnolia o Larry en Inherent Vice. Lo que tienen en común es
que, en estas tramas adultas y complicadas, el autor siempre dejaba caer a sus personajes rendidos ante el
amor…ya sea al padre, al olvido de un hijo o a la de una relación toxica. Todo este
cine abrumador a veces puede necesitar de una válvula de escape para que el
director se reencuentre con su estilo. Y es ahí donde aparece Licorice
Pizza en la vida de PTA, porque tras el desgaste que significó para él rodar
Phantom Thread, necesitaba algo simple, pero con vida. Licorice Pizza es su
novena película y es donde decide volver a la simpleza. Toma
personajes jóvenes y antes de que caigan sucumbidos ante la avaricia y el
orgullo, interviene para cambiarsus
destinos, ese donde triunfa el amor, donde se nota
que filmó ‘en familia’, donde asoma el hijo de Phillip Seymour Hoffman, Maya Rudolf,
los hijos del director, las hermanas de Alana Haim. Aire fresco, libertad,
alegría, con aires a American Grafitti y a la propuesta de Richard Linklater.
La película aprovecha pequeñas
situaciones que parecen no tener relación, para ir construyendo la necesidad de
ambos protagonistas; por ejemplo, cuando la policía se lleva a Gary, Alana
corre hacia él, y lo mismo cuando ella cae de la moto del personaje
interpretado por Sean Penn. Corren mucho durante la película y cada corrida
corresponde a un punto importante, porque a pesar de que ambos creen que nunca
van a estar juntos, por la diferencia de edad o por sus evidentes discrepancias,
una fuerza mayor siempre los hace regresar. De esta manera, Licorice Pizza es
una buena película de comedia, con escenas que recuerdan a la antigua comedia norteamericana. Y qué decir de su BSO, con un gran Jonny Greenwood y el
siempre eficiente uso de la música de David Bowie. También cuenta con cameos de
Bradley Cooper (con una increíble interpretación del productor Jon Peters),
además de Tom Waits, Sean Penn, Ben Safdie y hasta el papá hippie de Leonardo
DiCaprio.
Apoyando la tesis sobre el destino
de los personajes de Anderson del párrafo anterior, puede ser que Gary y Alana tampoco tengan un buen final. Pero es solo una probabilidad y eso le da vida a
esta especie de cuento de hadas, narrada
con sensibilidad, con un tono de filmación
adecuado para eso, con bromas que resultan y otras que no, con personajes bien logrados y otros que no, con el lente
envejecido que da la apariencia de estar viendo esas comedias del cine de los ‘70….todos
estos detalles la vuelven una pequeña rareza dentro de una filmografía
fulgurante, pero igualmente es más cercana y simple que varias perlas del mejor
director de cine de los últimos 20 años.
'Sin Tiempo para Morir' mantiene
la espectacularidad de la saga y le da una despedida solemne a Daniel Craig,
quien por 15 años sostuvo al mítico espía; y aunque se queda por detrás de ‘Casino
Royale’ y ‘Skyfall’, se volverá una parte notable en la historia de James Bond.
Hace 15 años y en un ambiente que
se llenó de críticas, Martin Campbell dio el visto bueno a una nueva etapa
cinematográfica del popular 007 con la fantástica ‘Casino Royale’, en la
que se nos presentó un James Bond más tosco y oscuro, personificado por un
Daniel Craig que se apropió totalmente del mito. Es innegable el aporte de este
personaje a la historia del cine, pues son veinticinco películas, una
banda sonora inconfundible y escenas de acción que dictaron la pauta para
muchas películas posteriores. En ese contexto, 'No Time to Die' cierra
esta última saga de 007con espectáculo, emotividad y ciertos planteamientos sobre
el futuro.
En esta quinta entrega, Bond está
retirado y disfruta la vida junto a Madeleine (Léa Seydoux). Sin embargo, el
pasado acecha de nuevo y debe volver a la acción para rescatar a un científico.
Este es el inicio para un largo camino de desarrollo de los típicos elementos
del universo Bond, para lo cual Cary Fukunaga construye una cinta emotiva, con sorpresas
y acción; en la primera media hora, rompe el statu quo que dejó ‘Spectre’ y asienta los cimientos
sobre los que se edificará esta entrega de 163 minutos. El grueso argumental vuelve a ahondar en el Bond más complejo emocionalmente, el que se ha ido
cocinando a fuego lento desde 2006. Esto
se traduce en mayor carga dramática, más sombrío, donde los demonios de la psicología
de 007 lo siguen acechando.
El guion de Neal Purvis, Robert
Wade, Fukunaga y Phoebe Waller-Bridge, se esmera en darle un buen cierre al
personaje y deja de lado el desarrollo
de una historia compleja. La incorporación de Waller-Bridge fue fundamental
para dibujar a un James Bond más humano, pero que equilibra muy bien su
masculinidad con la arrolladora fuerza de las mujeres que, históricamente, le han
rodeado. La narrativa es sencilla, pero no olvida el glamour, las armas, las frases,
las mujeres, las misiones físicamente complicadas, la alta tecnología, autos de
ensueño, el traje de Tom Ford... todas las señas de identidad de la franquicia
permanecen intactas y no se sienten implantadas
la fuerza. por otro lado, el despliegue visual es de primera
y no tiene nada que envidiarle a lo que propuso Deakins en ‘Skyfall’,
porque Cary Fukunaga ha vuelto a exhibir su gran capacidad para narrar en
imágenes, sin olvidar el factor estético. Por parte de la canción principal, interpretada por Billie Eilish, mantiene el
estilo y la solemnidad, lo cual le otorgará
algunas nominaciones en la próxima temporada de premios, pero ante la imposible
comparación con las interpretaciones de Adele o Sam Smith, quizás no le alcance
para coronarse. Finalmente, Hans Zimmer envuelve el film como para
regalo, haciendo suyas las partituras de
la saga vistiendo todo el acto final de épica, de riesgo, dejando un corolario que
recordaremos por mucho tiempo.
Así, Daniel Craig se despide de
James Bond planteando un progreso. En algunas escenas, Bond discute con Nomi
(Lashana Lynch) sobre el significado del número 007, el cual solo es eso…’un
número con valor simbólico dado por la agencia y al portador’. Esto abre la
posibilidad futura no de un nuevo James Bond, pero sí de la aparición de un
nuevo portador (o portadora) del emblemático número. Volviendo a Daniel Craig,
su final es digno de un mito y concluye su recorrido rodeado de emotividad. Y
no es para menos, ya que se entregó por entero y supo llevar al personaje a
otros límite, refrescando las características propuestas por Ian Fleming.
No hay duda que Craig deja un
hoyo negro, pero es momento de darle un nuevo rumbo a este personaje y son otros
los que tendrán que tomar la posta y proponer nuevas visiones y conjeturas
sobre un hombre que es parte de los cimientos del cine y porque , simplemente,
no hay tiempo para pensar en la muerte de 007, más bien, pensemos que en entra
como en una pausa hasta que aparezca otro director o directora con más perspectivas
y futuro para 007.
Colonia Dignidad ocupa titulares
en la prensa chilena hace décadas. Su líder, Paul Schäfer, fue enfermero del
ejército alemán en la segunda guerra y se reconvirtió en pastor bautista tras
el fin del conflicto; fue expulsado de su congregacióny se le condenó por pedofilia, por lo que
huyó de Alemania. Gracias a su contacto con el embajador chileno, consiguió un
terreno de 3.0000 hectáreas en la región del Maule, donde se estableció y
sembró su oscura leyenda desde 1961, donde no solamente continuó abusando de
menores, sino que amplió la magnitud de sus crímenes a niveles estratosféricos,
siendo incluso uno de los lugares desde donde se granjeó el golpe de Estado
contra Allende y fue un sitio de tortura y asesinato utilizado por la DINA, tal
cual lo describen las resoluciones de Amnistía Internacional y el informe
Rettig de1991.
Todo esto corre en la serie
documental de Netflix sobre Colonia Dignidad y que entrecruza tantas
dimensiones del mail que logra superar toda clasificación. La producción,
cuyaidea original corresponde al
documentalista Cristian Leighton, recopila diversos testimonios de
sobrevivientes e imágenes de archivo impresionantes, que hablan de un verdadero
rescate testimonial, mientras el guion nos muestra que, muros adentro, la
colonia es un infierno liderado por un megalómano que controla, maníacamente, a
todos los miembros de su pequeño reino. ‘Colonia Dignidad: Una secta alemana en
Chile’ ordena 400 horas de imágenes grabadas por los mismos colonos, las
que sus realizadores articularon con numerosas entrevistas. El enorme esfuerzo
que implica un documental de estas dimensiones, se teje junto a la
presentación del mal vestido, ante los hombres y mujeres, con otro ropaje. Leighton
señaló que el primer fotógrafo de la Colonia empezó a filmar estas imágenes en
blanco y negro, para convertirlas en elemento de propaganda y así mostrarse
como una comunidad benefactora. Entre las entrevistas, destaca especialmente la
de Salo Luna, quien en los ’90 escapó del lugar.
Dosificada en seis capítulos, la
miniserie sigue cronológicamente el crecimiento, en poder y capacidad de daño,
de esta Colonia, que hoy sigue activa bajo el nombre de “Villa Baviera”. Su
interacción con lo más reaccionario de la política chilena es también una suma
de horrores, que arrancan con Roberto Thieme, ex líder de Patria y Libertad, y
llegan hasta el mismísimo Augusto Pinochet, quien visitó varias veces el lugar.
Más complejo aún, son las imágenes del político Hernán Larraín, actual ministro
de Justicia y Derechos Humanos (vaya ironía) del gobierno de Sebastián Piñera y
cuya aparición en el documental, como uno de los defensores de Schäfer, ha
vuelto a poner en duda la idoneidad de este dirigente de la derecha conservadora.
Este no es el primer registro
audiovisual sobre este tema; de hecho, abunda material en Youtube y está la
película alemana ‘Colonia’, con Emma Watson y Daniel Brühl. Sin embargo,
esta serie es la que registra, de manera más consistente, los niveles de horror
del proyecto de Schäfer, una comunidad agraria utópica que mantenía a sus
miembros bajo vigilancia y disciplina. Tal vez el punto débil de la
propuesta, sea la falta de investigación sobre el negocio que permitió tales
niveles de prosperidad a esta secta; se menciona un negocio de piedra molida y
luego se alude a la intermediación en la venta de armas, pero no se logra
explicar el esquema que permitió a Schäfer alcanzar esa capacidad de
manipulación al sistema judicial, por ejemplo. En esa imposibilidad de abordar
de manera más profunda el tema del
financiamiento, el documental
topa con las mismas limitaciones de otros intentos, y nos queda la
sensación de espanto, pero no logramos comprender el fondo de todo este asunto.
Tampoco se aclara la verdadera
naturaleza de la relación entre la Colonia y el Estado alemán, del cual nunca
hemos escuchado un pronunciamiento. En
cambio, el trabajo audiovisual nos deja más claro el porqué del magnetismo que
ejercía este perverso líder; esta era una secta que interactuaba con el
exterior, y ahí Schäfer logró no solo insertarse sino que construir lazos con
la comunidad de la zona, incluso construyendo un hospital. Esto es un punto
clave para entender cómo podía estar tan conectado con la gente y cómo lograba,
más fácilmente, esos niveles de fidelidad. Y como dice alguien en la
película “lo transformamos en Alemania, en un lugar bueno, muy
fértil”. Pero esa especie de paraíso que lograron solo fue posible
esclavizando a adultos y niños y en un lugar donde el Estado no llegaba, lo que
permitió la siembra del espanto y la impunidad.
‘Colonia Dignidad: una secta
alemana en Chile’ es un registro muy valioso, aunque ya se haya hablado y visto
mucho del tema. Sigue siendo sumamente importante que el cine permita visibilizar
lo que fue la existencia de esta secta, este enclave de colonos alemanes
convertido en uno de los lugares más nefastos que, con la complicidad de los
estados de Chile y Alemania por más de cuarenta años, vulneró y atropelló los
derechos humanos de cientos de personas….paradójicamente “Dignidad”, que de
dignidad para sus habitantes casi nada tenía.
La serie del momento en Netflix es un espejo cruel y directo del comportamiento social cotidiano, expresado en
un símil de un juego infantil de la Corea de los años’70. El Juego del
Calamar trata de contarnos la vida de una serie de personas, con problemas
económicos, que se someten a una serie de mortales juegos infantiles, solo para
poder hacerse con los preciados millones reservados al ganador.
Pero sin duda que esta serie tiene
un trasfondo más asentado en la realidad de lo que puede parecer a simple vista;
debe su nombre a un juego infantil de
los ’70, en el que dos jugadores se enfrentaban dentro de tres formas
geométricas que formaban un calamar: círculo, triángulo y cuadrado. No tiene
otra temporada confirmada (aún) y fue dirigida por Hwang Dong-Hyuk , conocido
por Silenced (2011), que fue un filme dramático de bastante
relevancia. La trama, como tal, sigue una tendencia que nos recuerda la nipona Battle
Royale (2002), también a Los Juegos del Hambre (2012)
e incluso algunos han encontrado ribetes extraídos de Parasite, porque se
interponen diversos géneros, desde la acción y el drama, hasta la supervivencia
y el suspenso.
Se pueden sacar muchas
conclusiones del por qué cuatrocientas cincuenta y seis personas con problemas
económicos, deciden competir voluntariamente en seis juegos infantiles en los
que, a diferencia de lo que ocurre cuando se es niño, si se pierde se
muere (literalmente), pero el superviviente final obtiene cuarenta millones de
dólares. Una vez encerrados en esta isla de terror disfrazada de esperanzas
para salvar el futuro y el de la familia, la estrategia, el análisis de la
situación, la forma en la que las historias interpersonales se mimetizan
con los juegos, permiten seguir el hilo porque la psicología de los personajes principales
está muy bien construida; sin embargo, y por conclusión de lo anterior, desde
el primer momento sabemos quiénes morirán y quiénes no. Este aspecto, que
roza lo predecible, no impide que nos llevemos sorpresas a medida que avanza la
temporada.
Una de las particularidades de la
historia es el ‘corporativismo’ de la organización que ha creado el
juego y la estratificación de sus subalternos. Así, los que eliminan a los
jugadores visten diversos trajes que representan el rango. Los trajes rojos están
en la base de la pirámide y se escinden en tres grupos: los que portan un
círculo representan un estatus bajo, los que llevan un triángulo son los que
están en un intermedio y los que exhiben
un cuadrado están en la cúspide. Todos los personajes reciben el mismo
trato, independiente de su sexo o edad,
y por lo mismo, todas las muertes son duras. En esas escenas, la música
desempeña un papel fundamental porque se mezcla a la perfección con la tensión
que suscita el argumento. A pesar del colorido y del exagerado escenario en que
se presentan cada uno de estos juegos, los efectos añadidos son pocos y tampoco
son importantes. porque la trama, que versa sobre supervivencia, pone énfasis
en la racionalización del ser humano.
Aunque el ritmo puede ser lento a
veces, la narración y dinámica están bien hiladas; una se entretiene, aunque
refleja todo el individualismo de la sociedad. Es cierto que en los episodios
no hay tabúes a la hora de mostrar la violencia, porque contiene escenas muy sangrientas
y explícitas, y nos paseamos por todo el espectro que va entre disparos
en la cabeza y la extracción de órganos.
El guion estaba listo desde 2009,
pero el director no conseguía financiamiento y varias productoras rechazaron el
proyecto por ser “muy violenta”. A pesar de aquello, igual logró llegar a
Netflix y ser lo más visto hasta el momento, pasando por encima del lenguaje
coreano y de lo lejano que nos puedan parecer algunas costumbres, finalmente
nos reflejamos en otras similitudes. La finalidad de Hwang Dong-Hyuk fue hacer
una crítica social que girara en torno a la desigualdad socio-económica, donde
la clase media cada vez está más diluida y donde la élite, de forma sádica,
puede permitirse el lujo de vejar a los estratos sociales más desfavorecidos. Esto
se ve con claridad en el episodio “VIPS”, donde aquellos multimillonarios,
caricaturizados al máximo, discuten, champaña en mano, sobre quién será el
próximo en morir. Del mismo modo, en el episodio dos, se muestra un ejemplo
claro de la demagogia política de la élite, cuando se hace creer a los 456 que
las reglas de ese juego son democráticas.
¿Por qué estoy viviendo tan mal,
por qué tengo que competir todo el tiempo?, ¿dónde comenzó todo esto y a qué
nos llevará?. Esas son las preguntas que el director busca que sean
reflexionadas por quien visualice El Juego del Calamar, otra gran
experiencia venida de Corea y que ya se perfila para convertirse en la serie
más vista en la historia de Netflix, pasando por encima de éxitos mucho más
cercanos a nuestras culturas, como La
Casa de Papel y Stranger Things.
La adaptación de la novela
homónima de Margaret Atwood, comenzó como una propuesta muy original y
cruel que sorprendió a quienes no conocían el libro, sin embargo, y ya con la
cuarta temporada concluida, podría decirse que se percibe un declive en la
calidad de la historia y que el hilo conductor perdió un poco de sentido.
La rúbrica de The Handmaid's
Tale es una crítica concreta al patriarcado y al capitalismo. En la
primera temporada, la serie nos situó en un futuro distópico, donde un grupo
fundamentalista impone una tiranía gobernada solo por hombres y en la que
la gran mayoría de mujeres eran sometidas a las peores vejaciones para
procrear. Así, en el avance de la historia, casi dos años hubo que esperar para
volver aver en acción a June, luego de
haber sacado un avión lleno de niños rumbo a Canadá. Tanto tiempo de
espera para quedar con un sabor de boca agridulce.
No faltó la montaña rusa de
emociones tan clásica de la serie, con una mezcla de momentos que emocionan y convencen, junto a otros que a todas
luces muestran que las ideas empiezan a acabarse y que el chicle solo se estira.
Pero lo que sí está claro, es que hubo muchoshilos argumentales diferentes en desarrollo,
donde Elisabeth Moss debutó como directora incrementando al máximo las cuotas
de emotividad y drama. Gilead y Canadá son los epicentros de las acciones,
teniendo como propósito, en el país capturado, el seguir luchando, total, ¿Cuándo
han sido fáciles las cosas en las vidas de las criadas?. Ante este cuestionamiento,June asume el liderazgo con una de las
frases que definieron la temporada: "Nosotras no nos escondemos, nosotras
luchamos".
A partir de ahí, ella toma una
actitud rebelde, menos sentimental y másvengativa, lo que da cierto combustiblea la historia, sobre todo cuando logra, por
fin, salir (a regañadientes) de aquel lugar. Nick (Max Minghella) siguió con sus
indecisiones,la tía Lidia (Ann Dowd) tuvo una historia más estática y que no se desarrolló en completitud y el Comandante
Lawrence (Bradley Whitford) que, incomprensiblemente, se salvó de caer por el
muro. Esta postura de tomar venganza colocó a June en una suerte de jugada
final cargada a la violencia, que tuvo como su gran víctima a Fred Waterford
(Joseph Fiennes). A pesar de algunos desaciertos narrativos, este acto ha
sido interpretado como que la justicia llegó a The Handmaid's Tale.
Pero no nos convence aquello, y los "noeslaformistas" dirán que la ejecución de
la idea muestra que no fue bien concebida.
En Canadá, en tanto, se jugaron otras variantes. Los hijos de las Marthas experimentan problemas y extrañan su
vida en Gilead, mientras Luke (O. T.
Fagbenle), Moira (Samira Wiley) y Deglen (Alexis Bledel) intentan muchas cosas
que no les están resultando para nada fáciles. Si bien se plantean interesantes
reflexiones, se dibuja una sensación de que la justicia no avanza y hay discrepancias
en los métodos de acción. Además, el marido de June empieza a estar un poco
hastiado y el reencuentro no subió en efervescencia. Pero los hemos visto poco
juntos durante la serie, entonces fue normal contemplarlos como si fueran amigos. ¿Y el matrimonio Waterford?. El buen personaje de Yvonne
Strahovski tuvo momentos interesantes, en que flaqueó y luego giró a su lado maquiavélico, pasando toda la
temporada con la espera de un nuevo hijo. La escena final, con ella a punto de
hacer esa conexión por Zoom (muy actual) indica que habrá definiciones para
ella en la próxima temporada, las que esperamos, estén a la altura de un arco
dramático de los más interesantes de esta historia.
Claroscuros en la cuarta
temporada de The Handmaid’s Tale. Muchos son los seguidores de esta serie, la
que aún basada en una novela escrita hace 40 años, refleja ciertos aspectos
desafortunadamente muy actuales si nos referimos al comportamiento patriarcal. Y
aunque ya debería haber terminado, esperamos que encare de una buena vez su
final (algo que con una quinta temporada ya confirmada no se ve del todo
cercano), porque esta sesión confirma que el desgaste empieza a notarse, que se
repiten patrones y que hay cosas que no son del todo razonables . El principal
problema radicó en la morbosidad de las
acciones, en el volver a recluir a June para potenciar su ira y deseos de recuperar
su vida pasada, porque solo se hizo para dejar servido el cliffhanger hacia
la quinta temporada, donde anhelamos que ese final feliz le llegue aunque,
conociendo a los creadores y teniendo a Moss como productora y directora, todo podría concluir, incluso, de
la peor manera.